A los 33 años, entre su trabajo como pintor de obra y los entrenamientos, Maxi Moreno encontró en el atletismo mucho más que una actividad deportiva: una oportunidad para cambiar sus hábitos, recuperar la confianza y construir una nueva etapa de su vida. La muerte de su papá, el acompañamiento de su abuela Ana, la fe y el apoyo de su familia forman parte de una historia de transformación que hoy también busca transmitir a otros.
Maxi Moreno tiene 33 años, trabaja como pintor de obra y se convirtió en uno de los atletas que representan a Balcarce en las competencias de la ciudad y la zona. Pero detrás de cada carrera, cada entrenamiento y cada medalla hay una historia que va mucho más allá del deporte.
Es el segundo de seis hermanos —tres mujeres y tres varones— y el mayor de los hombres. Su papá, Walter Moreno, falleció cuando él tenía apenas 20 años. Fue una pérdida que lo marcó y que, durante mucho tiempo, lo dejó sin encontrar un rumbo.
Años después, en plena pandemia, llegó un momento de quiebre. A los 27 años reconoció que el consumo de alcohol estaba afectando su vida y decidió pedir ayuda. Desde entonces, con la fe como sostén y el deporte como herramienta, comenzó a construir una nueva versión de sí mismo.
Hoy, Maxi habla de su presente con orgullo, pero también con humildad. Disfruta de correr, de compartir sus logros con sus seres queridos y de saber que su historia puede servir de inspiración para quienes lo conocieron en otra etapa.
Una rutina entre el trabajo, el deporte y la familia
-¿Cómo arrancás tu día?
—Arranco temprano, desayuno y me voy a la obra. A media mañana hacemos una pausa para tomar unos mates y, cuando termino, trato de visitar a algún familiar o amigo. Con mi familia nos juntamos todas las semanas. Con el paso de los años nos fuimos haciendo cada vez más unidos.
Estoy muy contento porque mi familia me acompaña en lo deportivo y en todos los aspectos de mi vida. Somos muy compañeros. En la Maratón de Luis Vildoza, el último domingo, corrí junto a mi hermana mayor, mis dos hermanos menores y mi cuñado. Para mí fue una satisfacción enorme.
Me gusta poder contagiar cosas lindas, sobre todo porque ellos conocieron mi vida pasada. No solamente siento que soy un ejemplo para mi familia, sino también para muchos amigos y jóvenes que antes me veían en otra situación y hoy me encuentran en las noticias haciendo deporte. Creo que puedo decir que soy un ejemplo de que se puede cambiar, de que se puede transformar la vida.
El momento en que decidió cambiar
-La muerte de tu papá fue un golpe muy duro. ¿Qué cambió en vos a partir de ese momento?
—Mi vida cambió, sobre todo, en los hábitos. Cuando falleció mi papá yo tenía 20 años y era muy joven. Estuve mal durante bastante tiempo. Después llegó la pandemia. Recuerdo que no se podía salir a la calle, pero me juntaba con mis amigos y tomaba durante todo el día.
Hasta que un día le pedí a Dios que me ayudara a salir de esa situación y a cambiar mis hábitos. Y bueno, me escuchó. Me acerqué al deporte y hoy soy otra persona.
-Tu papá también te había enseñado un oficio. ¿Cómo fue continuar ese camino sin él?
—Con mi papá empecé a trabajar desde muy chico. Tendría 12 o 13 años cuando iba a ayudarlo. Era algo intermitente, pero siempre estaba con él y aprendía. Cuando falleció, me dediqué a otras cosas, pero gracias a Dios pude incorporar los conocimientos que me había transmitido en sus dos rubros, porque también trabajaba en gastronomía, como él.
En cuanto a los oficios, pude aprender y desarrollar los dos que mi papá tenía y me enseñó. La verdad es que se lo extraña. Es una pena que se haya ido tan joven. Uno va creciendo, va entendiendo las cosas de la vida y comprende que tiene que seguir adelante, hacerse hombre y continuar solo.
La abuela Ana, un lugar al que siempre volver
-Tu abuela Ana te abrió las puertas de su casa en uno de los momentos más difíciles. ¿Qué significa ella hoy en tu vida?
—Mi abuela es un pilar para mí. Es la base sobre la que puedo construir. Estoy muy bien con ella. Hace varios años que vivimos juntos, aunque cada tanto me tomo unas vacaciones y alquilo por unos meses para estar solo, pensar y tener tranquilidad. Pero después vuelvo y nos hacemos compañía.
Siempre regreso a su casa porque necesito tenerla cerca. Mi abuela es algo que hay que cuidar mucho, porque es una bendición para mí.
Como decía mi papá: “Tu abuela es como Maradona, no hay que darle mucha pelota” (risas). Pero ella siempre está conmigo. Me ayuda mucho a mantenerme prolijo y me recuerda la importancia de ser buena persona y honesto por encima de todas las cosas. También me enseñó que uno tiene que cuidar su imagen ante la sociedad.
Correr para empezar de nuevo
-Hace poco más de cinco años empezaste a correr “por hacer algo de deporte” y hoy sos uno de los atletas destacados de Balcarce y la zona. ¿En qué momento te diste cuenta de que ya no era solamente un pasatiempo?
—A los 15 años dejé de jugar al fútbol y recién a los 27 empecé a correr. Fue durante la pandemia, principalmente porque necesitaba cambiar mis hábitos y bajar algunos kilos.
La transición fue bastante rápida. Empecé a entrenar con un amigo atleta, Agustín Montes. Él vio algunas condiciones en mí y enseguida me invitó a sumarme al grupo Tino Running, de Tino Cardoso. Empecé a entrenar con ellos y rápidamente me metí en el ritmo de las competencias.
Con los meses fui mejorando de a poco y hoy estoy entre los tres o cuatro mejores atletas de Balcarce. Estoy cerca de alcanzar un nivel de elite, aunque todavía me falta camino por recorrer.
De todas maneras, no fue algo sencillo. Es un deporte que requiere mucha paciencia. Los resultados llegan, pero hay que saber esperar, cuidarse y trabajar todos los días. El atletismo termina convirtiéndose en un estilo de vida.
-Trabajar todo el día como pintor y después salir a entrenar no debe ser sencillo. ¿Cómo es tu rutina y de dónde sacás las fuerzas para no aflojar?
—Gracias a Dios hoy tengo trabajo, incluso en un contexto complicado para el país. Las fuerzas vienen de Dios, porque soy creyente. Y para entrenar y seguir mejorando hay algo fundamental: algunos días está la motivación y otros aparece la disciplina.
Primero hay que acostumbrar a la mente, porque es la que te dice si seguís o parás. Algo que nos pasa a muchos es que, cuando estamos cansados y vamos a la pista, muchas veces terminamos teniendo los mejores entrenamientos. Justamente, esos días en los que menos ganas tenemos pueden ser los más importantes.
Actualmente me preparo con el profesor Ezequiel Monin, de JM Corredores de Mar del Plata. Él me envía planes quincenales con entrenamientos para todos los días y, dos o tres veces por semana, trabajo en la pista de atletismo.
Mucho más que una medalla
-¿Qué te da el atletismo que no encontrabas en otras actividades? ¿Es una forma de homenaje, de escape o de superación?
—El atletismo me da confianza para afrontar un montón de áreas de la vida. Es una actividad que exige constancia, disciplina y mucha fortaleza mental.
También me da un reconocimiento que no me guardo para mí, sino que comparto con mi familia, que es la que me quiere ver bien y se alegra con mis logros.
Creo que di un giro de 180 grados. Si le preguntás a cualquier conocido o amigo que me conoce desde hace diez años y me ve hoy, seguramente te va a decir que cambié muchísimo, prácticamente un 100%, pero sin perder mi esencia.
Lo que cambió es la manera en que me trato a mí mismo. Hoy me porto diferente conmigo, amo mi cuerpo, amo mi persona y me cuido. Me gusta este Maxi de hoy, me veo mucho más maduro. Y, como siempre digo, trato de mantener la humildad. El sacrificio no lo negocio.
“Dinamita, qué bien que estás”
-Si tu papá Walter pudiera verte hoy, con la brocha en una mano y una medalla en la otra, ¿qué creés que te diría?
—Él me decía “Dinamita”. Creo que hoy me diría: “¡Dinamita, qué bien que estás!”. Para mí, el deporte es una de las mejores cosas que puedo ofrecerle a mi papá. Es una manera de homenajear su memoria.
Hoy el apellido Moreno quizás no esté en lo más alto, pero está empezando a sonar en el ámbito deportivo, y siento que esa es una linda forma de honrar a mi viejo.
Sus palabras siguen conmigo y aparecen en mi cabeza, especialmente cuando estoy corriendo y siento que el cuerpo ya no da más. Me acuerdo de una frase que me decía: “Entregate, mate cocido, que estás rodeado”. Eso me hace seguir, seguir y seguir.
También recuerdo el clásico de cuando era chico: “Pórtate bien, Dinamita”. Mi papá tenía un montón de frases, pero esas dos son las que más me quedaron grabadas.
Un sueño por cumplir
-¿Cuál es ese sueño que todavía te gustaría alcanzar?
—No aspiro a demasiado, pero sí me permito soñar. Y vamos a soñar en grande. Creo que todo deportista tiene el mismo sueño: ponerse la camiseta de la Selección argentina.
Después, que el tiempo y Dios digan hasta dónde puedo llegar. Hoy tengo que seguir trabajando y avanzar a paso firme, como lo vengo haciendo. Confío en que los resultados van a llegar a largo plazo.
Los agradecimientos
Antes de terminar, Maxi también quiso reconocer a quienes lo acompañan en este camino.
—Quiero agradecerle a mi familia, a mis amigos y a mis compañeros de entrenamiento. Somos cuatro o cinco que todos los días nos motivamos entre nosotros y siempre tratamos de tirar para adelante.
Y, por sobre todas las cosas, agradecerle a Dios. La salud no se puede comprar. Yo considero que viene de arriba y trato de aprovecharla.
Entre el trabajo, los entrenamientos y el afecto de los suyos, Maxi Moreno sigue escribiendo su propia historia. Una historia en la que el atletismo ocupa un lugar central, pero cuyo mayor logro, según sus propias palabras, fue aprender a cuidarse, recuperar el rumbo y volver a disfrutar de la vida.
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