Marina Cerone
Mamá del corazón y de la vida: tres hijos y una misma historia de amor
Thiago y Damián llegaron a través de la adopción; Benito, de manera inesperada. Cada uno transformó su vida y le enseñó que no hay una sola forma de ser mamá. En el Día de la Madre, una historia de amor, temores y aprendizajes que celebra la familia construida desde el deseo de estar siempre presente.
Marina y Mario soñaban con ser padres. Cuando sintieron que la maternidad biológica quizás no sería posible, decidieron abrir las puertas de su casa y de sus vidas a Thiago y Damián, dos hermanitos de 4 y 2 años que necesitaban una familia. Poco después, la vida los sorprendió con la llegada de Benito. Hoy, con sus tres hijos, Marina habla con La Vanguardia sobre los miedos, los desafíos de la adopción, el amor que construye vínculos y la certeza de que una familia no se define por cómo comienza, sino por la decisión de estar siempre presente.
Hay historias que no siguen el camino que alguna vez imaginamos. Historias que empiezan con una pregunta, atraviesan miedos e incertidumbres y terminan encontrando una respuesta donde quizás nunca se había pensado buscar.
La de Marina Cerone y su marido, Mario, es una historia de esas. Durante mucho tiempo soñaron con ser padres y, cuando la posibilidad de tener hijos biológicos comenzó a parecer lejana, tomaron una decisión que les cambiaría la vida: adoptar a dos hermanitos, Thiago y Damián, que entonces tenían 4 y 2 años.
No sabían exactamente cómo sería el encuentro, cuánto llevaría la adaptación ni qué desafíos aparecerían en el camino. Pero había algo que tenían claro: querían formar una familia y estaban dispuestos a construirla desde el amor, la paciencia y la presencia cotidiana.
Los chicos llegaron a su casa y, poco después, la pandemia de COVID-19 alteró por completo la vida de todos. En medio de esa adaptación, Marina recibió una noticia inesperada: estaba embarazada. Meses más tarde nació Benito y la familia pasó a ser de cinco.
Hoy, Thiago tiene 12 años, Damián 9 y Benito 6. Entre juegos, discusiones, abrazos, asados de domingo y tortas que alguna vez salen quemadas -risas-, la familia construye su propia historia.
En vísperas del Día de la Madre, Marina dialogó con La Vanguardia sobre la maternidad en sus distintas formas, el lugar de los miedos, la importancia de hablar sobre los orígenes y una enseñanza que atraviesa todo su relato: los hijos necesitan saber, por encima de cualquier otra cosa, que fueron deseados y que sus padres siempre estarán ahí.
—Cuando pensaban que quizás no podrían ser padres biológicos y tomaron la decisión de adoptar a dos hermanitos, ¿qué era lo que más miedo les daba? ¿Qué les dio la fuerza para dar ese paso? —Tener miedo en una situación así es normal. Lo primero que nos preguntamos fue si íbamos a poder con todo: con la adaptación de ellos a una nueva familia y con la nuestra, porque de pronto pasábamos a ser cuatro. También aparecían otras preguntas: “¿Y si no nos quieren?”, “¿Y si llegan con mucho enojo?”.
Tuvimos la bendición de que algunas de esas cosas que temíamos no sucedieran, aunque atravesamos momentos muy difíciles que, junto con mi marido, pudimos superar.
Los chicos llegaron a casa y recuerdo que, poco después, se cerró todo por la pandemia. Eso hizo que el proceso fuera todavía más complicado. Sin embargo, nuestras ganas de ser papás fueron más fuertes. Sentimos que podíamos acompañar la historia difícil que habían vivido los chicos y darles una familia.
—¿Cómo fue aquel primer día en que Thiago y Damián llegaron a casa? ¿Qué recordás de esa noche? —Llegaron con mucha felicidad y expectativas. Lo primero que quisieron conocer fueron sus habitaciones y después recorrieron toda la casa. Más tarde conocieron a sus abuelos, con quienes desde el primer momento construyeron un vínculo muy lindo.
Esa noche durmieron solos en una habitación. Recuerdo que al día siguiente se levantaron muy temprano para tomar su leche.
Son recuerdos que quedan guardados para siempre. Para nosotros era el comienzo de una vida nueva, con todo lo que eso significaba. No se trataba solamente de que ellos llegaran a nuestra casa, sino de que empezáramos a conocernos, a generar confianza y a construir, día a día, una familia.
—Habían decidido adoptar para darles una familia a dos niños y, poco tiempo después, llegó una noticia que quizás no esperabas: estabas embarazada. ¿Qué fue lo primero que pensaste? ¿Cómo se lo contaron a tus hijos? —Cuando supe que estaba embarazada, mi felicidad fue total. Entendimos que eso no iba a cambiar nada en lo legal, pero sí podía generar cambios emocionales en la familia.
Thiago y Damián habían atravesado una historia de abandono y de falta de amor muy grande. Por eso, era natural que apareciera una pregunta: “¿Me van a dejar de querer?”.
Con Mario hablamos con ellos y les explicamos la situación. Queríamos que entendieran que la llegada de un bebé no iba a modificar el amor que sentíamos por ellos ni el lugar que tenían en nuestra familia.
Cuando nació Benito, lo recibieron bien, aunque a Damián al principio se lo veía enojado y distante. Era parte de lo que estaba sintiendo y necesitaba su tiempo.
Hoy juegan y se pelean como todos los hermanos. Tienen sus diferencias, sus discusiones y sus momentos de complicidad. Y verlos compartir la vida de esa manera es algo hermoso.
—Muchas veces se habla de “hijos del corazón” y “hijos biológicos”. En una familia con tres chicos que llegaron de maneras diferentes, ¿esa diferencia existe? ¿Cómo la viven ustedes? —Tratamos todos los días de que esa diferencia no esté presente. Sabemos que la historia de Thiago y Damián es distinta de la de Benito, pero eso no significa que haya diferencias en el amor que sentimos por ellos.
También sabemos que es algo de lo que tenemos que hablar. Es importante que los chicos puedan conocer y comprender sus historias, que puedan hacer preguntas y expresar lo que sienten. Queremos que crezcan tranquilos y con la seguridad de que pueden hablar de todo con nosotros.
—¿Cuál es ese momento cotidiano en el que mirás a tus hijos y pensás: “Por esto valió la pena todo”? —Hay momentos en los que están los tres juntos, jugando, hablando e incluyendo a Benito, sin que aparezcan celos. Todo fluye con normalidad y los ves compartir como hermanos.
Esos momentos hacen que todo valga la pena.
No siempre son grandes acontecimientos. Muchas veces son escenas simples, de todos los días, que quizás para otra persona pasan inadvertidas. Pero para nosotros tienen un significado enorme, porque muestran cómo se fue construyendo esta familia y cómo los chicos van encontrando su lugar, con sus personalidades y sus propias historias.
—Si tuvieras enfrente a una mujer que está atravesando lo que vos viviste, que quizás cree que no va a poder ser mamá, ¿qué le dirías? —Le diría que no espere a dejar de tener miedo, porque el miedo es completamente normal en estas situaciones. En realidad, ser mamá implica miedos en cualquier circunstancia.
También le diría que la mejor mamá no es la que hace todo, la que puede con todo o la que nunca se equivoca. Es la que está emocionalmente presente, dentro de sus posibilidades, cada vez que sus hijos la necesitan.
Creo que es importante entender que no hay una única manera de ser mamá ni una sola forma de construir una familia. Cada historia tiene sus tiempos, sus dificultades y sus aprendizajes.
—Tus hijos todavía son chicos, pero algún día van a comprender con mayor profundidad cómo se formó esta familia. ¿Qué te gustaría que recuerden? —Me gustaría que recuerden que sus papás siempre estuvieron y que nunca los abandonaron. Que tengan la seguridad de que pueden preguntarnos sobre sus historias, que no tengan miedo de hablar y que sepan que siempre vamos a estar para acompañarlos.
También me gustaría que recuerden las cosas sencillas de nuestra vida familiar: los asados de los domingos que hace su papá y las tortas que muchas veces se le queman a su mamá -risas-.
Pero, sobre todo, quiero que recuerden que fueron deseados. Que sepan que los esperamos, que los elegimos para compartir nuestras vidas y que el amor que sentimos por ellos no depende de ninguna circunstancia.
Ojalá esta historia pueda llegar a una mujer o a una pareja que esté esperando la posibilidad de adoptar. Que sepan que existe ese camino y que se animen a informarse, a preguntar y a transitarlo con acompañamiento. La espera no siempre es tan larga como uno imagina.
—Para terminar, ¿qué mensaje te gustaría dejar en este Día de la Madre? —Hoy no quiero saludar a una sola forma de ser mamá. Mi saludo es para la que esperó, para la que luchó, para la que adoptó con el corazón, para la que lleva a su hijo en la panza, para la que cría sola y para la que es mamá y papá al mismo tiempo.
También para la mamá docente, para la que trabaja todo el día y llega cansada, pero todavía tiene un abrazo para dar. Para la que enseña a leer y también a vivir.
Porque ser mamá no es solamente dar vida: es dar amor, dar tiempo y dar familia.
A mi mamá, Elsa, y a cada mamá de Balcarce y del mundo, gracias por enseñarnos que el amor siempre encuentra la forma de llegar.
La historia de Marina no ofrece una fórmula para ser madre ni pretende decir que todas las familias deben construirse de la misma manera. Cuenta algo más sencillo y, al mismo tiempo, más profundo: que el amor se aprende, se construye y se demuestra todos los días.
En su casa, ese amor tiene nombres propios: Thiago, Damián y Benito. Tres chicos con historias diferentes, unidos por una familia que se construye con presencia, paciencia y recuerdos compartidos.
Y tiene también una imagen que resume el deseo de Marina: que, cuando sus hijos miren hacia atrás, más allá de cómo comenzó la historia de cada uno, puedan recordar lo esencial. Que sus padres estuvieron. Que nunca tuvieron que ganarse el amor. Y que, desde el primer día, fueron deseados.
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