Historia de vida
“Vas a ser mi voz”: la historia de Raquel, que convirtió el dolor por su hijo Nicolás en una razón para seguir
Después de más de cuatro décadas en Buenos Aires, Raquel Fernández decidió volver a Balcarce. La muerte de su padre y, poco después, la de su hijo Nicolás marcaron profundamente ese regreso. Hoy trabaja en el cuidado y mantenimiento de espacios verdes de la ciudad y encontró en cada plaza, cada árbol y cada rincón una manera de reconstruirse. El 15 de septiembre plantó un árbol en memoria de Nicolás y volvió a poner en palabras una promesa: “Vas a ser mi voz”.
Hay historias que no se cuentan solamente con palabras. Se cuentan con silencios, con lágrimas que aparecen en medio de una sonrisa, con recuerdos que siguen vivos y con la decisión, muchas veces inexplicable, de levantarse una vez más. La historia de Raquel Fernández tiene algo de todo eso. Vivió más de 40 años en la Ciudad de Buenos Aires. Se fue de Balcarce cuando tenía apenas ocho años y regresó muchos años después, atravesada primero por la enfermedad y muerte de su padre y luego por la de su hijo Nicolás, a quien acompañó durante 14 meses de una enfermedad que comenzó casi como un accidente doméstico y terminó convirtiéndose en una lucha contra el cáncer. En ese camino hubo viajes interminables entre Balcarce y Buenos Aires, hospitales, tratamientos, noches de internación, momentos de angustia y también pequeños espacios de felicidad. Uno de ellos fue el CIPS, donde Nicolás compartió con su mamá los talleres de carpintería y herrería y llegó a construir un bicicletero.
Después de perderlo, Raquel volvió a Balcarce. Y decidió quedarse. Encontró trabajo, comenzó a cuidar y podar espacios verdes y descubrió que cada plaza podía convertirse también en un lugar de encuentro con ella misma. Hoy recorre distintos sectores de la ciudad y asegura que encontró aquello que había venido a buscar: paz.
El pasado 15 de septiembre, además, plantó un árbol en memoria de Nicolás. Fue una propuesta de Santiago Garrido, de la Dirección de Gestión Ambiental del Municipio, que terminó convirtiéndose en un acto cargado de significado. En una entrevista con La Vanguardia, Raquel repasó su historia, habló de Nicolás, de sus pérdidas, de su trabajo y de la necesidad de transformar el dolor en acción.
“Vine buscando paz”
—Raquel, viviste más de 40 años en Palermo, con tu trabajo en Buenos Aires. ¿Qué te trajo de vuelta a Balcarce hace poco más de dos años?
—En CABA viví desde los 8 años hasta los 48, más precisamente hasta junio de 2023. Aunque entre los 18 y los 19 años viví en Balcarce durante aproximadamente dos años. En ese período nació mi tercer hijo, así que tengo un balcarceño en mi haber. Después regresé a Buenos Aires y allí comenzó una historia de 14 años muy dolorosa, una situación de la que pude salir viva y comenzar de nuevo. Hoy estoy instalada en Balcarce. El 25 de abril de 2025, el día que falleció mi hijo, decidí regresar y confirmar que Balcarce era el lugar. Vine buscando paz y, a los pocos días, hice el cambio de domicilio en el DNI.
“Lo de mi papá fue un detonante”
—Fue un momento muy duro lo que pasó con tu papá y, poco tiempo después, lo de Nico. Contaste que todo comenzó con un accidente pequeño que terminó en un diagnóstico muy duro. ¿Cómo viviste esos meses entre Balcarce y el Instituto Roffo? —Para contextualizar, lo de mi papá fue un detonante. Fue un año de ir y venir de Buenos Aires a Balcarce, entre abril de 2022 y mayo de 2023. Y el 15 de agosto de 2023 papá se fue. No te voy a mentir: tuve bronca. Yo había venido a quedarme en junio de 2023, dejando todo allá para cuidarlo, y él se fue.
A los seis meses, en febrero de 2024, llegó Nicolás para instalarse y yo pensaba volver a Buenos Aires. Recuerdo que el 6 de febrero de 2024 se inscribió en el CIPS, en Herrería, y yo en Carpintería. Y no me preguntes por qué, porque yo supuestamente volvía a Buenos Aires.
La respuesta es sí, pero algo me decía que no me fuera.
Comenzamos el taller y el 25 de febrero de 2024 tuvo ese accidente casi doméstico. Ahí empezó el principio del fin, sin que nosotros lo supiéramos.
En un abrir y cerrar de ojos estábamos viajando a Buenos Aires para la primera entrevista de ingreso, en julio de 2024, a un tratamiento en el Instituto Ángel H. Roffo. Comenzamos a transitar algo completamente desconocido. Pasaron los días, las semanas, los meses, y yo iba y venía nuevamente de Buenos Aires a Balcarce.
Muchas veces necesitaba materializarme en Balcarce y tuve el mejor apoyo. Sin conocernos demasiado, encontré un ángel: Mariana Berardo. Ella fue mi voz acá cada vez que necesité con urgencia un documento, una firma o acelerar un trámite burocrático. Mi hijo no podía esperar. Él se me iba poco a poco.
Sentía que aquella valentía que había tenido con mi papá, con mi hijo se me iba desarmando cada segundo. Pero me levantaba y seguía.
Fue muy duro. Durante los días de internación nos turnábamos con mis otros hijos y familiares. Cuando le daban el alta, él tenía un lugar donde quedarse, pero yo no podía pasar todas las noches allí. Entonces me iba muy tarde y regresaba a las cinco de la mañana.
Él me esperaba en la parada del colectivo para que no me pasara nada. Hasta ese momento solamente tenía el tumor en el hombro. Y cada madrugada que volvía a verlo y veía cómo me cuidaba, me volvía el alma al cuerpo.
Cada tanto regresábamos a Balcarce, hasta que un día ya no regresamos más. Todo aquello que venía muy bien comenzó a decaer día tras día.
“Ahí adentro era Nico”
—Nico, aun enfermo, hizo el bicicletero del CIPS y terminaron juntos el taller de carpintería. ¿Qué te dejó esa experiencia de compartir eso con él? —Te respondo entre lágrimas y una sonrisa. Muchas veces pensé, en ese momento: “¿Qué hacemos acá? Debería estar descansando en casa”. Tenía muchos dolores y prácticamente había días en los que ni dormía.
El doctor Dojas le iba ajustando la dosis de medicamentos, hasta que comenzó con morfina, y ni siquiera así lograba tener horas continuas de descanso. Por eso yo pensaba que quizás no tenía sentido que fuéramos.
Hoy, a la distancia, doy gracias a Dios y al universo por que aquello de ir juntos haya sucedido, aunque yo iba más por él.
A él le encantaba. Cansado, con sueño y con dolor, cuando entraba ahí adentro era Nico. Era un pibe que trabajando y aprendiendo se olvidaba de todo. Aunque el dolor estaba ahí y el cansancio también, y el huésped se lo recordaba.
Hoy lo pienso y realmente es algo que atesoro. Tengo fotos en mi mente: verlo reír, concentrado, cantando —aunque cantaba mal—. Y aunque ya no esté, eso nadie me lo puede sacar.
Está en mi cabeza y recorro esos recuerdos cada instante en que me acompaña mi soledad.
“Creo que el mensaje de ambos es: quedate acá”
—Después de perder a tu papá y a tu hijo con tan poco tiempo de diferencia, dijiste que sentiste que ellos querían que te quedaras en Balcarce. ¿Cómo fue tomar la decisión de empezar de nuevo acá? —Lo de papá fue realmente un detonante. Aquella vez había dejado mi trabajo, mi pareja, mis hijos, mis nietos, mi vida, y vine a instalarme. Y a los dos meses papá se fue. Fue muy difícil. Tuve bronca. Había mucho por hacer para que mi mamá y mi hermano no decayeran. Mi hermano tiene capacidades diferentes. Así que fue secarme las lágrimas, tragarme la bronca y levantarme. Con dolor, pero levantarme.
—Y en ese momento todavía no sabías lo que venía… —No, todavía no sabía lo que me esperaba. Estaba sin trabajo, sin conocer a nadie. Mi pareja, Guillermo Vera, es un laburante de esos que no se achican ante nada y es mi gran compañero, pero estaba a 400 kilómetros. Él todavía sigue allá porque no consigue trabajo acá, pero está siempre al pie del cañón. Mis hijos tienen cada uno su familia. Me ayudaban, por supuesto, pero uno está acostumbrado a valerse por sí mismo. Después pasó lo de Nico y fueron 14 meses de pura agonía. Realmente fueron meses devastadores para todos, pero mucho más para él. En el final de sus días su cuerpo estaba tomado en varios huesos. Tenía huesos literalmente quebrados, en la columna, la cadera, las piernas. Fue terrible.
Cuando regresé después de su partida pensé: “Creo que el mensaje de ambos es: quedate acá”. En mayo, después de un mes de llorar, de estar completamente rota, empecé. Armé un CV. Hacía más de 12 años que no hacía uno. En ese momento llevaba más de dos años sin trabajar. ¿Cómo explicaba eso en un currículum? ¿Cómo explicaba el porqué? ¿Y cómo iba a hacerlo teniendo 50 años? Realmente fue un desafío, pero lo enfrenté igual.
Comencé a tocar puertas. Y el señor Gustavo Torres, después de tantas veces de escucharme, logró confiar en mí y me recomendó en la Cooperativa de Trabajo.
“Balcarce es una localidad increíble”
—Hoy te toca cuidar y podar los espacios verdes de la ciudad. ¿Qué encontraste en este trabajo y en la tranquilidad de Balcarce? —Por mi trabajo anterior, durante siete años tuve la dicha de viajar por casi todo el país. Conocí muchas localidades de varias provincias y realmente Balcarce es una localidad increíble. Tiene lo suyo. Hay que saberla mirar. Obviamente también tiene cosas que no nos gustan, pero eso forma parte del compromiso de cada uno: cuidar y no solamente exigir limpieza y cuidados. Yo buscaba trabajo y golpeé muchas puertas. Una fue la Cooperativa “El Mirador” y otra fue el Palacio Municipal. La primera vez que ingresé al Municipio, casualmente me crucé con el intendente Esteban Reino. Aproveché ese momento para agradecerle la ayuda que el Municipio me había brindado con los tratamientos de mi hijo y le dije también: “Hoy necesito trabajar”.
Sin dudarlo me contactó con el señor Torres, quien muy amablemente me escuchó. Fui varias veces, una y otra vez, hasta que en diciembre del año pasado el señor Torres personalmente pasó mis datos al señor Hugo Wagner, que en paz descanse. A fines de diciembre, Hugo Wagner me llamó para comenzar como podadora en Plaza Libertad.
Y esta plaza, como cada rincón que recorrí en Balcarce, significa eso para mí: libertad y paz. La paz que vine a buscar.
A raíz de esta actividad fui conociendo muchas personas a las que les gusta mi labor, mi compromiso, la dedicación y el esfuerzo que pongo en cada espacio que me toca cuidar.
Hoy, por ejemplo, me toca realizar la limpieza de canteros, rotondas de ingreso a Balcarce, entre otros lugares, y muchas veces lo hago sola. Muy rara vez deciden que alguien me acompañe. No me quejo. Al contrario, siento que realmente saben que sola puedo.
¿Y cómo no hacerlo de esta manera si un día alguien me dio una posibilidad y depositó su confianza en mí? No podía hacer otra cosa que agradecerle poniendo todo de mi parte. Eso tampoco me cuesta, porque en cada trabajo mi compromiso es parte de mi firma. Hoy quiero avanzar y evolucionar. Voy por más. Espero tener ese apoyo, porque en Balcarce las mujeres son guerreras y solamente nos tienen que dar una oportunidad.
“Los duelos no tienen fecha de vencimiento”
—¿Qué le dirías a alguien que hoy está pasando por un momento difícil como el que te tocó atravesar?
—Yo les diría que no es fácil. Lo sé. Pero nada es imposible. Hay que sacar fuerzas de donde uno cree que no hay, porque créanme que sí hay. Es transformar el dolor en acción. La tristeza hay que saber dosificarla para que no nos invada. Las emociones y los sentimientos no hay que ocultarlos. Hay que hacer una tregua con ellos: ni muy muy, ni tan tan. Los duelos no tienen fecha de vencimiento. Y partiendo de esa base, hay que seguir y dar lo mejor de uno. Seguir a pesar de la adversidad se puede.
Un árbol para que Nicolás siga estando
—¿Cómo surge la idea de plantar un árbol en memoria de Nicolás? —Fue Santiago Garrido, de la Dirección de Gestión Ambiental del Municipio, quien me propuso esto. Yo estaba feliz solamente con la propuesta. Sin saber siquiera si alguna vez se iba a hacer realidad, ya estaba satisfecha. Esperé estos meses con absoluta paciencia. Finalmente, este 15 de septiembre se hizo realidad. Me acompañaron Santiago, Carina Pereyra y Mariana Berardo, y además tuvimos la hermosa noticia de que la plantación se iba a fusionar con una actividad de un grupo de adolescentes del Colegio Normal. Fue hermoso. Sin nada planeado, muy natural y con un mensaje: seguir a pesar de la adversidad. Y poniendo en práctica las palabras de mi hijo: “Vas a ser mi voz”. Y ese es uno de mis propósitos: seguir siendo su voz.
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