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Historias que dejan huella

Antonia: la vaca que creció entre perros, se convirtió en parte de una familia y todas las tardes espera a quien le salvó la vida

Redacción Vanguardia

Antonia llegó a la vida de Jorgelina Calvo con apenas tres días de vida, después de quedar sola tras el nacimiento de su hermana melliza. Desde entonces, aquella pequeña ternera que tomaba mamadera y dormía junto a los perros se convirtió en mucho más que un animal de campo: es parte de su historia, de sus afectos y de una manera de entender el vínculo entre las personas y los animales. Este sábado 15 de agosto, Antonia cumple nueve años.

Hay vínculos que nacen de las maneras más inesperadas. El de Jorgelina Calvo y Antonia comenzó una tarde, cuando Jorgelina regresó del gimnasio y se encontró con una ternerita de apenas tres días en el patio de su casa. 

Desde aquel momento, nada volvió a ser igual. Antonia necesitaba cuidados y Jorgelina aprendió a alimentarla con mamadera, a reconocer sus necesidades y, sobre todo, a construir con ella un vínculo que con el paso de los años se hizo cada vez más fuerte. 

Hoy Antonia vive en el campo, por una cuestión de espacio, pero para Jorgelina sigue siendo su mascota. Una mascota muy particular, que entiende su nombre, reconoce su voz, come pan y todavía reclama ese mimo especial cada vez que su dueña va a visitarla. 

En diálogo con La Vanguardia, Jorgelina repasó la historia de una relación que comenzó de manera casi accidental y que terminó convirtiéndose en una experiencia que, según reconoce, también modificó su manera de mirar a los animales. 

—¿Cómo llega Antonia a tu vida? 

—Una tarde-noche llegué del gimnasio y me encontré con una ternerita en el patio de mi casa. Tenía apenas tres días de vida. Como era melliza, su mamá se había alejado con la otra cría y ella había quedado sola en el pasto. 

Desde ese momento aprendí a darle la mamadera con el sustituto que toman los terneros, porque no es la misma leche que consumimos los humanos. A la mañana, antes de irme a trabajar, le daba una mamadera y por la tarde otra. 

Incluso tenía que cerrar la cortina que daba al patio porque, cuando me veía, empezaba a llamarme. 

Hay una anécdota que siempre recuerdo. Una tardecita salí a sacar la basura, salieron los perros —en ese momento tenía cuatro— y Antonia también salió conmigo a la vereda. Era una más de la familia. 

A los dos meses tuvimos que llevarla al campo porque ya no podía seguir teniendo una vaca en el patio de mi casa. El espacio no alcanzaba ni para que entrara un vehículo y además estaba Antonia. 

Así que sus primeros tiempos los pasó criada entre perros, con un collar como ellos y hasta la atábamos para que no se alejara. 

—¿Cómo fue criarla desde bebé? 

—Todos los fines de semana me iba al campo y ella compartía sus días con los perros. Dormía con ellos en sus camas, corría con ellos como una más y se acostaba a mi lado, igual que ellos. 

El nombre Antonia surgió por un meme que vi en YouTube. Ella entiende su nombre y reconoce mi voz. Incluso ha pasado bastante tiempo sin que pudiera verla, ya sea por cuestiones laborales o porque no podía ir al campo, y ella nunca se olvidó de mí. 

Eso es algo que me emociona muchísimo. 

—¿Cómo fue cambiando el día a día juntas a medida que Antonia creció? 

—Cuando Antonia fue creciendo ya no tuvimos ese día a día juntas como cuando era chica, porque vive en el campo. Pero el vínculo siempre estuvo. 

De hecho, soy la única persona a la que ella permitió tocar a sus crías. Una vez fui a verla y hacía muy poco que había parido. La ayudé a ponerse de pie y también a parar a su bebé. 

Como ella estaba en un lugar prestado, nunca pude quedarme con una de sus crías. La próxima va a nacer el mes que viene y también va a quedarse con su mamá. 

—¿Sentís que cuidar de esta manera a un animal cambió tu forma de ser o de pensar? 

—Sin dudas. Trabajar en la Municipalidad, relacionarme con personas y, al mismo tiempo, cuidar a un animal me hizo entender que los animales nos enseñan muchísimo y que deberíamos aprender más de ellos. 

Quizás no sean racionales como nosotros, pero no tengo dudas de que sienten. Y eso incluso te lleva a preguntarte muchas cosas, hasta a sentir culpa por consumir carne. 

Siempre tuve mucha empatía con los animales. He rescatado, recuperado y ubicado muchísimos perros y gatos, muchas veces de manera silenciosa, sin que nadie se entere. 

Por ejemplo, alguna vez fui a sacar cachorros de unas cuevas por la zona de la curva de Sarapistón. Y también tuve animales muy diferentes desde que era chica. 

Tuve liebres que mi papá encontraba cuando andaba en el tractor. También tuve una lechuza que se llamaba Oto, que significa “animal nocturno”. Me la había traído mi papá después de uno de sus tantos viajes de pesca. 

También tuve un loro. Lo compré en Mar del Plata porque lo vi muy desmejorado en comparación con los otros que había en ese lugar. Lo crié dándole polenta con una jeringa cada tres horas. 

El lorito creció y un día abrí la jaula y salió volando. Yo trabajaba en otro lugar y entraba a las 8 de la mañana, pero llamé diciendo que estaba descompuesta. En realidad, salí por mi barrio a tocar timbre casa por casa para buscar a mi loro. 

Hasta que lo encontré en un pino de un patio. Me subí, estiré la mano, lo llamé y se acercó. Para bajar tuve que hacerlo descalza y con el pantalón de vestir, porque había dejado las sandalias abajo. Pero me fui de ahí con mi loro. 

—¿Qué te gustaría que la gente se lleve de este vínculo entre una humana y una vaca? 

—Siempre digo que Antonia para mí no tiene valor económico. Ella se crió conmigo y, aunque hoy viva en el campo de mi pareja por una cuestión de espacio, va a ser siempre mi mascota. 

Tiene una particularidad: come pan. Desde chiquita le di pan y ahora, cada vez que voy a visitarla, le llevo un kilo. Ella me busca y me reclama ese mimo. 

Creo que los animales se crían como uno los acostumbra. Se domestican, entienden y nos enseñan todos los días a ser mejores. A veces también son ellos los que nos eligen a nosotros. 

Es una experiencia hermosa tener animales diferentes a los domésticos, pero también hay que entender que para hacerlo hay que tener espacio, tiempo, recursos y, sobre todo, mucho amor para darles. 

Creo que mi papá, que fue criado en el campo, influyó muchísimo en mi pasión por querer y cuidar a los animales. 

Una historia que cumple nueve años 

Este sábado 15 de agosto, Antonia cumple nueve años. Nueve años desde aquella noche en la que una pequeña ternerita apareció inesperadamente en el patio de Jorgelina y comenzó una historia que trascendió cualquier vínculo convencional entre una persona y un animal. 

Hoy Antonia tiene su lugar en el campo, pero conserva algunas costumbres de aquellos primeros tiempos. Y entre ellas está esperar a Jorgelina, reconocer su voz y reclamarle su kilo de pan. 

Porque para Jorgelina, Antonia nunca fue una vaca más. Fue aquella pequeña ternerita que necesitaba una mamadera, que creció entre perros y que terminó enseñándole que los animales también pueden construir vínculos, recordar, elegir y convertirse en parte de una familia. 

Antes de terminar la entrevista, Jorgelina pidió hacer una dedicatoria especial: 

“Quisiera dedicarle esta nota a una gran persona y amiga que nos acaba de dejar: Laurita Balinotti”. 

 

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