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Eliana Aragno

“Queremos que cada niño sienta que hay adultos que lo esperan, lo escuchan y creen en su futuro”

Redacción Vanguardia

La licenciada en Psicología y coordinadora del programa Club Después del Cole, habló sobre el trabajo que se desarrolla diariamente en los barrios de Balcarce. La prevención, el acompañamiento de las familias, el juego como herramienta de desarrollo y el trabajo articulado con escuelas, centros de salud y otros organismos son algunos de los ejes de una propuesta que lleva diez años de presencia territorial.

El trabajo con niños, niñas y adolescentes requiere mucho más que una intervención puntual frente a una situación determinada. En los barrios, muchas veces las necesidades aparecen en lo cotidiano: en un cambio de comportamiento, en una conversación, en una merienda compartida o simplemente en la posibilidad de que un niño encuentre un adulto disponible para escucharlo. Desde esa mirada trabaja el programa Club Después del Cole, que sostiene una presencia territorial y un abordaje interdisciplinario orientado a la promoción de derechos, la prevención y el acompañamiento de las infancias y sus familias. 

Eliana Aragno, licenciada en Psicología y coordinadora del programa, dialogó con La Vanguardia sobre las características de esta tarea, las estrategias que implementan, el vínculo con las familias y las instituciones y los desafíos que plantea una realidad social cada vez más compleja. 

—¿Cómo articulan desde el equipo interdisciplinario la prevención, promoción y restitución de derechos de niños, niñas y adolescentes? 

—En el Club entendemos que trabajar desde una perspectiva de derechos implica estar presentes todos los días para prevenir, acompañar y detectar a tiempo aquellas situaciones que pueden estar afectando a cada niño y niña. El hecho de estar cotidianamente en los barrios, compartir la merienda, jugar, conversar con ellos y observar cómo llegan y cómo transitan la tarde nos permite conocer mucho de sus realidades. Muchas veces somos nosotros quienes advertimos un cambio en el comportamiento, una preocupación, una situación familiar o alguna necesidad que requiere ser mirada con mayor atención. A partir de ahí trabajamos en red con otras instituciones para acompañar y actuar cuando es necesario. Las situaciones que más se repiten están relacionadas con dificultades económicas y laborales, conflictos familiares, entre otras problemáticas. Intentamos que cada situación tenga una mirada particular y pensamos en equipo cuál es la mejor manera de acompañar. Cuando es necesario, articulamos con otras instituciones u organismos para garantizar una respuesta adecuada. 

—¿Qué estrategias tienen para sostener el vínculo con las familias? 

—Para nosotros, el vínculo con las familias es fundamental. Sabemos que muchas veces detrás de una dificultad en la crianza hay una familia que también está atravesando situaciones complejas. Por eso intentamos acercarnos sin juzgar y construir confianza. El vínculo se construye en lo cotidiano: cuando recibimos a los chicos y chicas, cuando conversamos con sus familias, cuando hacemos una visita para saber cómo están o simplemente cuando estamos disponibles para escuchar. 

También realizamos visitas domiciliarias cuando necesitamos conocer un poco más de la realidad en la que cada niño o niña está creciendo. Eso nos permite comprender situaciones que, desde la sede, quizás no podríamos dimensionar de la misma manera. 

Cuando hay poca presencia familiar, tratamos de buscar otros referentes significativos y, sobre todo, que los chicos puedan seguir contando con adultos disponibles que los acompañen. Cuando la vulneración de derechos sucede dentro del propio hogar, sabemos que estamos frente a una situación mucho más compleja. Allí el acompañamiento tiene que ser especialmente cuidadoso. Intentamos trabajar con la familia cuando existen condiciones para hacerlo, pero si los derechos de un niño están siendo vulnerados, nuestra responsabilidad principal es protegerlo y activar los mecanismos necesarios para garantizar su cuidado. 

—¿De qué manera el juego libre y la recreación son pensados como herramientas para promover hábitos y un desarrollo saludable de la salud mental? 

—Para nosotros, jugar no significa simplemente “llenar el tiempo” o hacer algo para que los chicos estén entretenidos. Jugar es un derecho y es una de las formas más importantes que tienen los niños de aprender y desarrollarse. Cuando un niño juega aprende a compartir, a esperar, a perder, a ganar, a resolver conflictos, a pedir ayuda, a tomar decisiones y a expresar lo que siente. Además, muchas veces el juego nos permite conocerlos. Hay cosas que un niño quizás todavía no puede poner en palabras, pero aparecen cuando juega, cuando se vincula con otro o cuando tiene que resolver una situación. 

Por eso intentamos que las tardes tengan mucho juego, movimiento, creatividad y contacto con otros. También sabemos que muchos chicos pasan gran parte de su tiempo frente a una pantalla y que no siempre cuentan con adultos disponibles para acompañarlos en otras propuestas. 

Queremos que en el Club puedan correr, ensuciarse, imaginar, crear, equivocarse, volver a intentar, aburrirse incluso y descubrir qué pueden hacer con ese aburrimiento. 

En ese marco también trabajamos hábitos: la merienda, la higiene, el orden, el cuidado del cuerpo, la convivencia, el respeto por los demás y la posibilidad de sostener pequeñas rutinas que les brindan seguridad. 

—¿Con qué programas barriales, escuelas y centros de salud se articulan actualmente? 

—El Club no trabaja solo. Durante todo el año estamos en contacto con las escuelas, los equipos de orientación, los centros de salud, el Servicio Local, distintas áreas municipales y otras instituciones y organizaciones que forman parte de la vida de los chicos y sus familias. 

Muchas veces una situación que vemos en el Club también necesita ser mirada desde la escuela, desde salud o desde otro espacio. Y ahí es donde la articulación se vuelve fundamental. 

Una de las cosas más valiosas de trabajar en red es poder compartir miradas. Nosotros conocemos al niño desde lo cotidiano; la escuela tiene otra perspectiva, salud aporta otra mirada y cada institución puede sumar algo diferente. 

También creemos que el Club tiene una fortaleza importante por su presencia territorial. Estamos en los barrios y eso nos permite conocer de cerca a las familias. 

La dificultad que vemos es que la demanda es cada vez mayor y los recursos disponibles no siempre alcanzan. 

—¿Cómo funciona el trabajo del equipo interdisciplinario en el día a día? 

—El equipo interdisciplinario es una parte fundamental de nuestro trabajo porque creemos que ningún niño o niña puede ser pensado desde una sola mirada. 

A partir de los distintos saberes podemos construir muchas veces un conocimiento transdisciplinario, es decir, una nueva mirada en la que cada disciplina aporta su perspectiva sobre lo emocional, los vínculos, las conductas y aquello que quizás el niño todavía no puede expresar con palabras. 

También está la mirada sobre los aprendizajes, las dificultades y, fundamentalmente, las posibilidades de cada niño y niña. 

El hecho de llevar diez años de trabajo nos permite llegar antes a muchas situaciones que observamos: un niño que está más callado, que llega diferente, que se pelea más, que dejó de participar o que está atravesando alguna situación en su casa. 

Entonces tratamos de poner todas esas miradas en común, conversar, escucharnos y pensar juntos qué puede estar necesitando ese niño y cuál es la mejor manera de acompañarlo. 

—¿Cuáles son hoy los principales desafíos del programa en Balcarce? 

—Creo que uno de los principales desafíos es que las situaciones que llegan al Club son cada vez más complejas. Ya no hablamos solamente de un niño que necesita un espacio para jugar después de la escuela. 

Muchas veces detrás de ese niño hay dificultades económicas, problemas habitacionales, falta de alimentos, dificultades en la crianza o familias que están muy sobrecargadas. Y eso también nos desafía a nosotros. 

Nos obliga a capacitarnos, a trabajar más en equipo, a buscar nuevas herramientas y a fortalecer las redes con las que trabajamos. 

—¿Qué les gustaría fortalecer o incorporar de cara al próximo año? 

—Para el próximo año nos gustaría seguir fortaleciendo el acompañamiento a las familias, como lo venimos haciendo desde hace algunos años, y continuar capacitándonos como equipo. 

También queremos seguir creciendo territorialmente y poder llegar a más niños y niñas. 

Pero, sobre todo, queremos sostener algo que para nosotros es la esencia del Club: que cada niño y niña que entra por la puerta de una sede pueda sentir que hay adultos que lo están esperando, que lo conocen, que lo escuchan, que se preocupan por él y que creen que tiene derecho a ser cuidado y a tener un futuro con oportunidades. 

Ese es, en definitiva, el sentido de nuestro trabajo cotidiano: estar presentes, acompañar y construir espacios donde las infancias puedan crecer sintiéndose escuchadas, cuidadas y valoradas. 

 

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