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Joaquín Martins

"La inteligencia artificial podrá generar imágenes, pero nunca reemplazará el sentimiento de un artista"

Redacción Vanguardia

A los 73 años, el arquitecto y artista plástico balcarceño repasa más de seis décadas dedicadas al arte. Habla de sus inicios junto a Ítalo Grassi, de los murales que marcaron su carrera, del valor del color, del mural de la Biblioteca Pizzurno y de por qué cree que la pintura seguirá vigente en la era de la inteligencia artificial.

Hay artistas que pintan cuadros y otros que, con el paso del tiempo, terminan pintando también parte de la identidad de una ciudad. Ese es el caso de Joaquín Martins, uno de los referentes de las artes plásticas de Balcarce. Arquitecto de profesión y pintor por vocación, lleva más de 60 años vinculado al dibujo y la pintura. Desde aquellas primeras clases con el maestro Ítalo Grassi hasta los murales que hoy forman parte del paisaje urbano, Martins construyó una obra en la que el color, la energía y las emociones ocupan un lugar central. En diálogo con La Vanguardia, recordó sus comienzos, habló de los desafíos que marcaron su carrera, reflexionó sobre el impacto de la inteligencia artificial en el arte y confesó cuál es el sueño artístico que todavía lo moviliza. 

—¿Cuál fue el momento en que sintió que la pintura era su camino? 

—No podría señalar una obra en particular. Desde muy chico me gustó dibujar y pintar. En la escuela primaria iba a clases particulares y, cuando se creó el Centro Cultural de Balcarce, empecé a asistir siendo el más chico del grupo. Allí conocí a Ítalo Grassi y fue él quien despertó definitivamente mi interés por la pintura. Después, cuando terminé el secundario, hice una pausa porque aparecieron otras responsabilidades. Me fui a estudiar Arquitectura a La Plata y hasta pensé en hacer Bellas Artes al mismo tiempo. Finalmente me dediqué a la arquitectura, aunque nunca dejé de dibujar ni de pintar. 

—Después de tantos años frente al caballete, ¿cómo cambió su forma de entender el color? 

—Hoy tengo 73 años y más de seis décadas de relación con la pintura. El color tiene una vibración muy especial y está profundamente ligado a los estados de ánimo. Con el tiempo empecé a valorar mucho más la limpieza, la transparencia y la luminosidad de los colores. Me atraen los tonos claros y vibrantes, aunque siempre depende de lo que uno quiera transmitir. Hay colores que serenan y otros que generan fuerza o movimiento. Cada obra pide su propia paleta. 

—¿Cuál fue el trabajo que más lo desafió? 

—Sin dudas, mi primer mural. Fue gracias a Ítalo Grassi, que me insistió para participar en un encuentro de muralismo en Ayacucho durante la Fiesta Nacional del Ternero. Yo nunca había hecho un mural. Preparé un boceto, quedé seleccionado y fue toda una experiencia porque pasé de pintar en la intimidad de mi taller a hacerlo frente al público. Ese cambio fue enorme para mí. Además, ese mural obtuvo el primer premio y marcó un antes y un después en mi carrera. Me abrió muchas puertas y me dio confianza para seguir creciendo. 

—Si tuviera que elegir una obra en la que dejó un pedazo de su alma, ¿cuál sería? 

—Es muy difícil elegir una porque todas tienen algo de uno. Pero hay una que tiene un significado muy especial: el mural que está en la Municipalidad, dedicado a los inmigrantes. Allí representé a mis abuelos paternos, que eran portugueses. Ellos nunca pudieron venir a la Argentina, aunque mi padre siempre soñó con traerlos. Ese mural es un homenaje a ellos y a todos los inmigrantes que construyeron nuestro país. Probablemente sea una de las obras más personales que hice. 

—¿Qué consejo le daría al Joaquín de 20 años que recién empezaba a pintar? 

—Le diría que experimente sin miedo. Que pruebe, que se equivoque, que investigue. Los errores también enseñan y muchas veces son el camino para descubrir algo nuevo. Lo importante es ser constante y mantenerse en la búsqueda. Un artista necesita tiempo para encontrar su propio lenguaje y expresar lo que siente. 

—Hoy el arte convive con la inteligencia artificial. ¿Cree que la pintura tradicional mantiene su valor? 

—Estoy convencido de que sí. La pintura va a seguir vigente porque nace de algo que ninguna máquina puede reemplazar: el sentimiento humano. La inteligencia artificial es una herramienta extraordinaria y seguramente facilitará muchísimas tareas, pero trabaja con información que previamente le damos las personas. Puede generar imágenes muy buenas, pero no tiene pasión, ni emociones, ni la experiencia de vida de quien crea una obra. Para mí, esa diferencia siempre va a existir. 

—Actualmente trabaja en el mural de la Biblioteca Pizzurno. ¿Cómo nació ese proyecto? 

—Surgió gracias a una beca del Fondo Municipal de las Artes. Hacía muchos años que existía la idea de intervenir la fachada de la Biblioteca con un mural, y cuando se acercaban los cien años de la institución sentí que era el momento indicado. Presenté el proyecto, fue seleccionado y así comenzó el trabajo. La obra gira alrededor del libro como símbolo del conocimiento, de la libertad de pensar y de la posibilidad de transformar la vida de las personas. Más allá de los formatos digitales, el libro sigue teniendo un enorme valor cultural y emocional. Quise que el mural transmitiera esa energía y que, además, enmarcara el ingreso principal de la Biblioteca desde las calles 15 y 20. 

—Después de tantos años de trayectoria, ¿qué sueño artístico le queda por cumplir? 

—Me falta pintar muchísimo. Siempre digo que todavía queda todo por hacer. Me gustaría seguir realizando murales, especialmente en lugares donde puedan mejorar la calidad de vida de las personas. Pienso en hospitales, hogares de adultos mayores o espacios públicos donde el color pueda transmitir esperanza y bienestar. Trabajo también como maestro de Reiki y maestro Melquisedec, por lo que la energía forma parte de mi manera de entender la vida. Creo profundamente que los colores tienen una vibración que influye en el estado de ánimo. Si un mural puede aportar un poco de luz o hacer sentir mejor a alguien, entonces ya cumplió una función mucho más importante que la puramente estética. 

Con más de seis décadas de trayectoria, Joaquín Martins sigue mirando hacia adelante. Mientras muchos artistas piensan en cerrar etapas, él continúa imaginando nuevos proyectos, convencido de que el arte no tiene un punto de llegada, sino un camino permanente de búsqueda. En cada mural, en cada pincelada y en cada color, sigue dejando una parte de sí y de la historia cultural de Balcarce. 

 

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