Miguel Salvador Lombardi
Miguelito y La Cueva: 40 años de barrio, la misma bicicleta y los milagros cotidianos
Abrió su comercio en la esquina de 30 y 13 cuando tenía 28 años. Hoy, con su bicicleta de siempre y un local de 5 x 4 metros repleto de “de todo”, sigue siendo el corazón práctico y afectivo de un barrio que cambió alrededor suyo.
En una esquina cualquiera que guarda memoria —30 y 13— hay un comercio que resiste los tiempos como quien sostiene una costumbre familiar. Miguel Salvador Lombardi (68), "Miguelito", lleva casi cuatro décadas atendiendo “La Cueva”: un almacén, ferretería, bazar y paseo de nostalgias donde conviven un foco para pollitos, muñecas, mangueras y el trato sencillo de antes. Su historia no es solo la de un emprendimiento: es la crónica de la adaptación diaria, de los clientes que se fueron y de los que siguen llegando, y de una bicicleta que, tatuada por los años, anuncia que él está ahí.
—¿Cómo surgió la idea de abrir un comercio?
—Mi negocio, toda la vida en 30 y 13, “La Cueva”, se inauguró hace 40 años. Tenía 28 y hasta entonces trabajaba con mi papá de albañil. Él compró esta esquina; yo dejé la construcción y puse una despensa y frutería. Arranqué con poquitas cosas: heladeras, mostrador, fruta y fiambre. Con el tiempo fueron abriendo negocios parecidos en el barrio y pensé que tenía que cambiar. Empecé a traer artículos para la casa, herramientas, juguetes y repuestos —de todo—. El local mide 5 × 4 metros y hay miles de artículos; sé dónde está cada cosa. Muchos lo llaman atípico por el poco espacio, pero para mí es mi lugar en el mundo.
—¿Cuál fue el cambio que más lo obligó a reinventarse?
—Cambió todo: el horario, los clientes, la mercadería y la gente. Antes cerraba a las 11 o 12 de la noche y venía mucha gente temprano; ahora muchos vecinos han fallecido o se fueron del barrio. Me robaron 15 o 20 veces y tuve que poner alarma; ya no abro a cualquiera. Uno también cambia y se adapta a las circunstancias del país. Aun así, la mayoría de los clientes del barrio son conocidos y buena gente; nací acá y nos conocemos todos.
—¿Cómo es un día suyo?
—Vivo cerca y tengo una quinta donde siembro lechuga, acelga, tomates. Llego temprano a “La Cueva” y salgo a buscar lo que el cliente necesita; si no lo tengo, se lo consigo y se lo llevo. Me muevo en la bicicleta que me regaló mi hermano hace 50 años; la gente ya me reconoce por ella. Hoy los clientes vienen a media mañana, al mediodía o a la tarde; antes respetaban más los horarios.
—¿Y las ventas? ¿Cómo han cambiado?
—Antes se vendía mucho los feriados y los sábados; hoy no sabés qué día vas a trabajar. Hay días que no entra nadie y otros en que, a última hora, te hacen una linda compra. Me mentalicé: habrá días flojos, pero pueden llegar buenas ventas. Por ejemplo, ayer estaba por cerrar y vino un muchacho que se llevó caños para una salamandra y encargó más cosas. Trato de tener todo repuesto.
—¿Qué cualidades requiere alguien para mantener un negocio tanto tiempo?
—Buena atención: estar alegre y predispuesto. Ser amable, tratar al cliente como a uno mismo, y separar los problemas personales del trabajo. Con los proveedores hay que ser serio: si me bajan mercadería, la pago. Uno con el tiempo aprende a conocer a la gente y a cuidarse de quienes abusan.
—Si alguien quiere emprender hoy, ¿qué le diría?
—Hoy está difícil; es un momento complicado del país, hay que ser prudente. Que no dé fiado porque uno debe pagar la mercadería. Antes trabajé muchos años con la libreta y la gente venía a pagar; hoy eso casi no se puede. Hay otros medios de pago y otras prioridades; cambió todo.
—¿Cuándo piensa jubilarse?
—Creo que nunca. Si me faltara esto, creo que me enfermaría. En “La Cueva” soy feliz; me acuesto pensando en levantarme temprano para abrir al otro día. Me gusta conversar con proveedores y clientes; esto es mi vida.
—Si tuviera que hacer un agradecimiento especial ¿Para quién sería?
—A mis padres, Salvador y Nélida, que me ayudaron al principio; a los clientes de tantos años que me acompañaron; a los comerciantes que me enviaron gente; y a Dios por mantenerme activo y con salud.
La historia de Miguelito y La Cueva no es la de un comercio más: es el relato de pertenencia de un hombre y un barrio. En esos 5 x 4 metros caben recuerdos, soluciones cotidianas y la paciencia de quien eligió ser punto de encuentro. Cuando la bicicleta aparece atada en la vereda, alguien ya sabe que la puerta seguirá abierta mañana.
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