Patricia Adriana Bianchi
"Me jubilé haciendo lo que amo": la enfermera, su bicicleta y una vocación sin límites
Se retiró tras más de 40 años de vocación y servicio en el Hospital. Desde Pueblo Nuevo, en su bici, enfrentó fríos, lluvias y hasta nieve para acompañar vidas. En esta charla íntima repasa sus comienzos, los aprendizajes más duros y el valor de no perder nunca lo humano.
Patricia Adriana Bianchi se jubiló siendo exactamente quien quiso ser: enfermera. Durante más de cuatro décadas recorrió barrios y clínicas, atendió partos, cuidó abuelos y sostuvo a colegas en la pandemia. Su recorrido empezó en Pueblo Nuevo, en una bicicleta roja que la llevó todos los días, sin excusas. En una entrevista con La Vanguardia habló con sencillez y emoción de las decisiones que marcaron su vida, de la mezcla de orgullo y dolor que deja la profesión, y de la enseñanza que quisiera legar a las generaciones que comienzan.
—¿Cuándo y por qué decidió iniciar la carrera de enfermería?
—Siempre supe que quería ser enfermera. Me acuerdo de un día en que pasamos con mi mamá por el hospital nuevo y yo le dije: “Mamá, yo voy a trabajar ahí”. Ella me respondió que tenía que gustarme mucho, porque es un trabajo que exige el corazón. Desde chica me gustó ayudar a la gente. Incluso tengo una anécdota tonta y reveladora: un día, con mi prima Marcela, me enganché el pie con los rayos de la rueda de la bici; le puse un montón de curitas y le dije: “Ahora no te va a doler más porque ya te curé”. Al poco tiempo tuvo una infección… Pero esa sensación de querer aliviar el dolor estuvo siempre.
—¿Dónde desarrolló su carrera?
—Me formé en el hospital y, al poco tiempo, la hermana Aurora buscaba personal para abrir una salita de primeros auxilios en Pueblo Nuevo. Nos eligió a Maruca Morales y a mí. Tenía 18 años y trabajábamos ad honorem; fue el comienzo. Más tarde el doctor Cuéllar García me invitó a la Clínica Balcarce. Ahí di mis pasos más firmes y pensé que me jubilaría allí. Pero con el paso del tiempo cambiaron las circunstancias: terminé trabajando en Mar del Plata, en el Sanatorio Mitre y después un año y medio en la Clínica Pueyrredón. El doctor Cano me dio un lugar en un momento complicado de mi vida; dejar a un hijo en casa fue muy duro, pero seguí adelante y conocí gente hermosa.
—¿Qué compañeros se volvieron familia?
—Los compañeros de Clínica Balcarce, sin duda. Fueron 24 años compartiendo muchas cosas; se convierten en familia. También guardo con cariño mi paso por el Hostal de los Abuelos: es otra forma de cuidar, porque los adultos mayores necesitan compañía y otro tipo de atención. Los adoptás, te necesitan, y te devuelven tanto cariño que se vuelven inolvidables.
—¿Cómo vivió el trabajo durante la pandemia? ¿Se siente orgullosa de haberla afrontado?
—La pandemia fue algo que pensé que no podría soportar. Sentíamos pánico; mandar a un compañero a exponerse fue tremendo. Hubo momentos en que tenía que contener a amigas que llamaban asustadas: “Patri, soy tu amiga”, y yo tenía que atenderlas y calmarlas. Fue muy fuerte. Muchas compañeras se fueron sin despedida digna; eso dolió mucho. Llegar a casa era una angustia constante: no saber si llevabas el virus. Tuve COVID; me agarró leve, pero viví en carne propia el miedo. Mirando atrás, sí, me siento orgullosa de haber puesto mi granito de arena para que todo terminara lo mejor posible.
—Si pudiera dejar una sola enseñanza a las enfermeras que recién empiezan, ¿cuál sería?
—Que no olviden lo humano. Ser enfermera es tener la capacidad de dar un abrazo en el momento justo, de consolar y de instruirse siempre, pero sin perder la empatía. Que conserven la sonrisa para los niños y los mayores, el respeto hacia los colegas y hacia la profesión. La técnica es importante, pero la humanidad es lo que salva.
—¿Qué le dejó la profesión a nivel personal?
—Me dejó el cariño de la comunidad y el apoyo de mis hijos. A veces les robé horas para acompañar a quien me necesitaba; es un precio que pagué, pero no me arrepiento. La profesión también me enseñó a mirar, a leer miradas; eso me fue invaluable en la familia y en el trabajo.
—Si su uniforme pudiera contar momentos, ¿qué le gustaría que contara?
—Contaría la emoción de traer a mi primera nieta al mundo: verla nacer, vestirla, llevársela al padre, ese primer llanto. Contaría también el agradecimiento del doctor Benedicto Brindicci por haber salvado a un recién nacido; eso lo guardo en el corazón. Contaría los partos, los primeros baños, los primeros aritos, y los primeros llantos del año. Pero también contaría los momentos difíciles: cuando mi mamá fue diagnosticada con cáncer. Fue un golpe tremendo. Yo sabía cómo atender a otros, pero ser hija y profesional al mismo tiempo fue un aprendizaje doloroso: había que ser hija primero, estar presente, y también explicar lo que ocurría. Hubo días en que sólo pude ser hija. La profesión me dio herramientas, pero las miradas de familia son distintas; aprender a convivir con ese dolor fue una lección de vida.
—¿Algún agradecimiento que quiera hacer público?
—A mis padres, que me permitieron estudiar; a mis hijos Pablo, Carla y Gabriel; a mis compañeros de Clínica Balcarce, Pueyrredón, Hostal de los Abuelos y al Hospital Subzonal Felipe A. Fossati, que me celebraron con una fiesta sorpresa en mi despedida. A todos ellos les digo: valió y vale la pena ser enfermera. La enfermería es vivir entre el hilo de la muerte y el mágico llanto de la vida. Luchen por sus sueños; los sueños se cumplen.
Patricia se retira con la certeza de haber elegido bien: una vida dedicada a cuidar, a consolar y a celebrar nacimientos. Su bicicleta roja ya no la llevará cada mañana, pero las historias que acumuló en su uniforme y en su memoria seguirán acompañándola. Su mensaje es sencillo y profundo: la técnica salva, pero la humanidad es trascendente.
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