Historia de vida
"Fui muy feliz siendo docente": María José Ramos se despidió de las aulas tras más de tres décadas de vocación
La profesora de Lengua y Literatura cerró una extensa trayectoria en la educación balcarceña. En diálogo con La Vanguardia, repasó sus comienzos, reflexionó sobre los cambios en la enseñanza, recordó a sus alumnos y confesó que se va con la satisfacción de haber ejercido la docencia con compromiso, responsabilidad y pasión.
Hay profesoras que enseñan contenidos y otras que dejan una marca que perdura mucho más allá del aula. Después de más de treinta años dedicados a la educación, María José Ramos, profesora de Lengua y Literatura, decidió poner punto final a una etapa que define como "maravillosa". La jubilación llegó acompañada de abrazos, flores, palabras de afecto y la certeza de haber elegido el camino correcto. En una entrevista con La Vanguardia, recuerda sus inicios, analiza cómo cambió la escuela con el paso del tiempo, habla del impacto de la tecnología en la educación y comparte los nombres de quienes fueron fundamentales en su formación y en su carrera docente.
—Después de más de tres décadas frente al aula, llegó la jubilación. ¿Qué sentimientos la acompañan en este momento?
—Estoy cerrando una etapa maravillosa. Cerré un capítulo muy importante de mi vida: me jubilé. Después de tantos años como profesora, me voy con el corazón lleno. Tuve el privilegio de recorrer distintas instituciones y, en cada una de ellas, encontré personas que dejaron huellas en mi camino.
Aprendí, enseñé, crecí y compartí alegrías, desafíos, abrazos, risas y muchísimas historias. Me llevo recuerdos inolvidables. Siento una enorme gratitud y un profundo orgullo por el camino recorrido. Hoy comienza una nueva etapa, con la tranquilidad de haber dado lo mejor de mí y con la felicidad de mirar hacia atrás y saber que fui muy feliz haciendo mi trabajo con responsabilidad y vocación de servicio.
—¿Por qué decidió estudiar el profesorado de Lengua y Literatura? ¿Cuándo y dónde fueron sus primeros pasos como docente?
—Cuando terminé el secundario en la Escuela Normal, en 1991, tenía muy claro que quería ser docente. El Instituto de Formación Docente de Balcarce me dio esa posibilidad cuando abrió, bajo la modalidad de ciclo cerrado, el Profesorado de Lengua, Literatura y Latín, debido a la falta de docentes en esa área dentro del distrito. Me gustaba leer y no lo dudé. La carrera duraba cuatro años. Comencé en 1992 y me recibí en marzo de 1996. Pero antes de terminar, en 1994, mientras cursaba tercer año, hice mi primera suplencia en el Colegio Nacional, reemplazando a la profesora Alicia Vismara.
—¿Recuerda algún libro o poema que haya despertado un cambio especial en tus alumnos?
—No sé si algún libro habrá cambiado la cabeza de un alumno, pero sí estoy segura de haber incentivado a leer a muchos que antes no lo hacían. Ese siempre fue uno de mis principales objetivos.
—En tantos años de carrera seguramente hubo anécdotas de todo tipo. ¿Cuál fue la excusa más creativa que escuchó para no leer? ¿Y qué alumnos son los que nunca se olvidan?
—Cuando hacemos lectura en clase, los alumnos que generalmente no quieren leer dicen cosas como: "No quiero", "Me duele la garganta" o "Hoy me siento mal, profe". Lamentablemente, el hábito lector se ha ido perdiendo. En la primaria resulta más sencillo porque los chicos están aprendiendo y tienen mayor predisposición. Pero cuando llegan a la secundaria, muchos solo se animan a leer en voz alta si sienten que no van a equivocarse. Siempre insistí en la importancia de leer para otros. Es increíble cómo les cuesta. Se ponen nerviosos, como si estuvieran siendo evaluados, cuando simplemente tienen que leer.
Los alumnos que nunca se olvidan son aquellos que sobresalen por su participación y compromiso, pero también los que te dan mucho trabajo y a quienes cuesta motivar.
—¿Qué cambió más en los chicos desde que empezó a dar clases hasta la actualidad?
—El gran cambio, y el desafío con el que hoy luchamos todos los docentes, es el uso del celular. Se hace muy difícil captar la atención de los chicos y también enseñar.
Además, cualquier actividad puede resolverla ChatGPT. Estamos en la era digital y eso nos obliga a repensar permanentemente nuestras formas de enseñar.
—Si tuviera que elegir algunas obras imprescindibles de la literatura argentina para trabajar en la escuela, ¿cuáles mencionarías?
—Hay un libro que es indiscutible: "Martín Fierro", de José Hernández. Representa nuestras tradiciones y nuestras raíces.
También considero fundamentales las obras de autores como Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Horacio Quiroga y la poetisa Alfonsina Storni.
—Después de tantos años corrigiendo trabajos, ¿qué consejo le daría a quien hoy empieza a enseñar Lengua y Literatura?
—Le aconsejaría que no se lleve tanto trabajo para corregir en su casa. Hay que buscar la manera de corregir más dentro del horario de clase. Con el tiempo uno aprende a organizarse mejor.
—Ahora que llegó la jubilación y ya no hay clases que preparar, ¿qué libro la espera en la mesa de luz?
—Sorpresivamente llegó a mis manos Salvatierra, de Pedro Mairal, un autor que todavía no conozco y que ha recibido muy buenas críticas en los últimos años. Ese será mi próximo libro, esta vez leído solamente por placer.
—¿Cómo fue su último día como docente?
—Fueron días de mucha ansiedad y emoción. Recibí abrazos, flores, palabras muy lindas y muchos gestos de reconocimiento.
Me siento feliz y profundamente orgullosa del camino recorrido.
—¿A quiénes desea agradecer en este cierre de etapa?
—Al Instituto de Formación Docente de Balcarce, que me dio la posibilidad de estudiar y formarme como educadora.
A la querida profesora Susana Taddeo, que me enseñó con enorme vocación y compromiso y me brindó las herramientas para ejercer esta profesión. También a todas las escuelas donde trabajé y que me permitieron crecer y enseñar con libertad. Y, por supuesto, a mis alumnos, a mis colegas y a mi familia. Sin ellos, nada de esto hubiera sido posible.
María José Ramos deja las aulas, pero no la huella que construyó durante más de treinta años. En cada escuela donde enseñó quedó algo de su pasión por la lectura, del respeto por la palabra y de la convicción de que educar es mucho más que transmitir conocimientos: es acompañar, escuchar, formar y abrir caminos. Esa será, seguramente, la enseñanza que perdurará más allá de su despedida.
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