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A 35 años de su partida

Bordeu: una vida intensa, su vínculo con Fangio y Balcarce como su lugar en el mundo

Redacción Vanguardia

A 35 años de su partida, los recuerdos de una vida con gloria y curvas inesperadas.

 

“Yo traté de ser siempre un buen tipo. En una de esas, quién le dice, consigo que se acuerden de mí por haber sido un buen tipo”, decía Juan Manuel Bordeu con la humildad que lo caracterizaba. A treinta y cinco años de su partida (una leucemia se lo llevó con apenas 56 años), así es como lo recuerdan quienes lo conocieron y admiraron no sólo por su virtuosismo como piloto, sino por su don de gente. Un legado que se refleja, además, en el testimonio que su familia compartió.

Juan Manuel nació el 28 de enero de 1934 en Mar del Plata, pero su verdadero universo estaba en “La Peregrina”, la estancia cerca de Balcarce donde pasó su infancia entre caballos de polo y tradiciones criollas. Fue el menor de los hijos que tuvieron Teófilo Bordeu y María Marta Baliero, y ya de chico mostró una gran determinación para seguir sus sueños.

Según una anécdota narrada en Bordeu, la biografía con idea y producción general de su nieta Agustina Macri y edición de Ezequiel Díaz Ortiz, a los 7 ya manejaba un camión en el regazo de Marco, el capataz de la estancia, y un día, al subirse le dejó claro: “¡Yo maneco!”. Esa frase le dio el apodo que lo acompañó para siempre.

Con los años, se instaló con su familia en la ciudad de Buenos Aires y egresó del colegio Champagnat. Entre sus vueltas permanentes al campo y visitas al taller de Pocholo Rodríguez –donde coincidía con los hermanos Gálvez–, fue afilando su fascinación por el automovilismo.

Su vida deportiva arrancó temprano. Si bien jugaba al polo con amigos en la estancia “La Corona” –propiedad de los Anchorena–, paralelamente experimentó sus primeras carreras improvisadas. Su debut oficial fue sobre dos ruedas: el 15 de octubre de 1950, cuando participó de las 100 Millas Motociclistas en Costanera Sur: llegó décimo. Pero su verdadero amor estaba en los autos.

En 1954 llegó el debut automovilístico: participó como acompañante de su amigo Jorge Zorzi Olázabal en la VI Vuelta de Santa Fe de Turismo Carretera, a bordo de un Chevrolet 39 que le prestó Gastón Perkins. Su estreno como piloto se dio poco después, en México, en la mítica Carrera Panamericana, y al volver al país debutó en TC en la Vuelta de Mar del Plata (terminó octavo). Su nombre empezaba a hacerse conocido.

Un día, camino a Mar del Plata, Maneco se detuvo en el boliche Tome y Traiga, en Chascomús. Allí estaba su amigo Eduardo Larroca, que enseguida le presentó a quien estaba a su lado: Juan Manuel Fangio.

Esa charla casual Bordeu supo aprovecharla: habló sobre sus ganas de probar suerte en Europa y pidió una carta de recomendación. Fangio lo invitó a su oficina y, quince días después, lo sorprendió con una propuesta: “Si querés venir a Europa, comprate un pasaje y vení conmigo, aunque no puedo prometerte nada”.

Al día siguiente de aterrizar juntos en Milán, ya los diarios lo llamaban “el alumno de Fangio” e incluso “su sucesor”, antes de que hubiera probado un auto. Así nació una amistad entrañable, de esas que marcan para siempre.

Sus temporadas en Fórmula Junior en Europa –dos victorias y actuaciones brillantes– lo posicionaron para dar el salto a la Fórmula 1. Pero un accidente brutal en Inglaterra en 1961, cuando probaba un Lotus de Fórmula 1 en el circuito de Godwood, frenó su sueño. La recuperación fue larga y dolorosa, aunque jamás apagó su espíritu de superación.

La consagración en Turismo Carretera llegó en 1966, con su mítica Coloradita, preparada por Toto Fangio, hermano de Juan Manuel.

El primer gran amor de Maneco fue Carmen Martínez Rivarola, con quien se casó en 1955. La situación política del país y el miedo a algún atentado los decidió por una ceremonia íntima en la casa familiar. Tuvieron tres hijos: Juan Manuel (Juanchi, que llegó a seguir los pasos de su papá y en 1979 murió en un accidente en la ruta), Carmen (“Beba”) e Yvonne. La relación de la pareja empezó a desgastarse cuando él decidió seguir su carrera en Europa a pesar del accidente que pudo costarle la vida y finalmente se divorciaron.

Su hermana Carmen, en tanto, se suma en el recuerdo con una anécdota íntima: “Tuvimos una relación muy especial. Después de años de desencuentro, nos encontramos y nos descubrimos. Y nos elegimos. Nos gustaba filosofar sobre la vida, compartíamos esa curiosidad por aquello que no podía verse, pero intuíamos que existía más allá de la realidad. En una de sus últimas noches en Fundaleu, me quedé a dormir con él y hablamos largo y tendido. Me contó que no se sentía solo, que Jesús estaba con él en ese cuarto. Que hablaban. Mi padre, que como yo, había batallado mucho por encontrar a Dios… Y casi pude verlo, ahí, en la pared del cuarto, muy presente. Papá me dijo que cuando tuviera dudas, mirara el cielo nocturno de ‘La Peregrina’, porque era imposible contemplar ese cielo estrellado y profundo y no creer que alguien superior lo había creado. Desde entonces, no se me ocurre mejor lugar donde encontrar a papá que en el cielo de ‘La Pere’”.

En 1963, ya instalado en el circuito internacional, Bordeu conoció a una deslumbrante Graciela Borges, se convirtieron en una de las parejas top de la época y se casaron en 1966. Dos años después nació Juan Cruz y Fangio fue el padrino. Si bien se separaron a mediados de los 70, conservaron intacto el cariño. “Juan fue un caballero en las carreras y en la vida. Nunca tuvo problemas con ningún colega. Era muy noble y conmigo fue un gran compañero. Me empujó mucho para que yo actuara. Le gustaba el arte y el movimiento que tenía por los estrenos y otros eventos. Y si nos separamos, jamás fue por algo que nos haya hecho mal. Fue un estado de ánimo. La gente se sigue queriendo de otro modo”, aseguró Graciela en la biografía.

Años después, Bordeu conoció a Patricia Langan, su compañera hasta el final de sus días. Ella había enviudado poco más de un año antes, justo un mes antes de convertirse en mamá de Fernando de Andreis. Su marido había sido presidente de Ruedas Protto, la empresa que había acompañado publicitariamente al piloto desde sus comienzos con La Coloradita.

El flechazo ocurrió cuando él la vio en un bar de Recoleta y, reconociendo a algunos que la acompañaban, pidió su teléfono y la llamó. La supuesta reunión de trabajo resultó la primera cita. Tuvieron dos hijas, Patricia y Elena, que nacieron en 1981 y 1984.

El retiro de las pistas se dio de manera natural, en 1973, y lo anunció ni bien se bajó del auto tras participar en el circuito de Zapala. Se dedicó al campo, a una serie de emprendimientos, fue dirigente del ACA, presidente de la Fundación Juan Manuel Fangio, y subsecretario de Deportes y Recreación de la provincia de Buenos Aires.

A mediados de los 90 llegó el diagnóstico menos esperado y, durante su internación, sus siete hijos, su mujer y sus ex mujeres estuvieron a su lado. “Juan Manuel unió a todos sus seres queridos por esa paz que transmitió. Él quiso vernos a todos juntos. Antes de morir tuvo esa visión y nosotros le pusimos el cuerpo”, aseguró Juan Cruz en el libro. Sin dudas, no hay mejor legado.

Fuente: La Nación.

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