No significa ignorar los intereses económicos, sociales o productivos que existen, sino evitar que nuestras convicciones condicionen las preguntas que hacemos, la información que aceptamos y las conclusiones a las que estamos dispuestos a llegar.
Asistí a la presentación de la Dra. Virginia Aparicio sobre su investigación y los resultados del proyecto SPRINT. Luego hubo un espacio para preguntas y opiniones de los presentes. Me fui con varias reflexiones que quisiera compartir, porque creo que el tema merece una discusión que vaya más allá de las posiciones que cada uno pueda tener respecto de los plaguicidas.
En primer lugar, me llamó la atención la ausencia de muchos actores que podrían haber aportado otras miradas. Hubiera sido importante contar con una mayor participación de productores, contratistas, empresas vinculadas a la producción de alimentos, proveedores de insumos y maquinarias, representantes de entidades agropecuarias, profesionales de la salud, integrantes del Ejecutivo y del Legislativo —salvo algunas excepciones— , referentes de colegios profesionales, y profesionales del agro.
No lo digo como un reproche. Creo que su presencia hubiera enriquecido el encuentro, aportando experiencias, conocimientos y preguntas necesarias para comprender mejor un tema que nos involucra a todos.
Pero hay otra cuestión que me preocupa aún más: la distancia que puede existir entre lo que una investigación demuestra y lo que termina instalándose en la opinión pública.
En sus presentaciones públicas y en distintas entrevistas y declaraciones a los medios, Aparicio ha señalado que detectar un plaguicida o sus metabolitos en una muestra humana demuestra su presencia y aporta información sobre la exposición, pero no significa, por sí solo, que esa persona esté enferma ni permite afirmar que desarrollará una enfermedad.
Sin embargo, lo que muchas veces se lee y se escucha en el debate público son expresiones como «nos están matando» o «nos están envenenando», que transmiten una certeza mucho mayor.
¿Cómo llegamos de un resultado que demuestra presencia y exposición a una afirmación que da por probado un daño? ¿Qué papel juegan en ese proceso la comunicación, los medios, los discursos políticos y las posiciones ideológicas?
No se trata de negar riesgos ni de descalificar a quienes expresan preocupación. Se trata de exigir rigor también cuando comunicamos e interpretamos la ciencia. Una preocupación legítima no convierte automáticamente una hipótesis en una conclusión demostrada.
También me preocupa que, al concentrar toda la atención en los plaguicidas, perdamos de vista la complejidad de la exposición humana. Estamos expuestos a una enorme diversidad de sustancias y agentes ambientales, alimentarios y laborales. Algunos pueden representar riesgos importantes y merecen ser investigados. Para comprender sus efectos sobre la salud, necesitamos estudiar las condiciones de exposición, las dosis, la toxicidad, las posibles interacciones y los demás factores relevantes.
Esto no significa que todos los agentes tengan la misma importancia ni que debamos restar relevancia a los plaguicidas. Significa que, cuando intentamos explicar una enfermedad, debemos evitar las respuestas simplistas y estudiar las causas con el rigor que el problema exige.
A esto se suma la necesidad de analizar las alternativas productivas. La salud humana, el ambiente y la producción de alimentos no deberían plantearse como objetivos necesariamente incompatibles. Necesitamos investigar qué prácticas permiten reducir riesgos, cuáles son sus resultados productivos y económicos y en qué condiciones pueden aplicarse. Las respuestas deben surgir de la evidencia, no de supuestos ni de posiciones tomadas de antemano.
Por eso insisto en algo que considero fundamental: abstraernos de la ideología y de la política al analizar estos problemas. No significa ignorar los intereses económicos, sociales o productivos que existen, sino evitar que nuestras convicciones condicionen las preguntas que hacemos, la información que aceptamos y las conclusiones a las que estamos dispuestos a llegar.
Y esta exigencia debe ser para todos. Para quienes advierten sobre los riesgos y para quienes los cuestionan; para quienes investigan y para quienes producen. El pensamiento crítico pierde valor si no va acompañado de autocrítica, si solo sirve para señalar los errores ajenos y nunca para revisar los propios.
Por eso también lamenté la escasa presencia de muchos de los sectores involucrados. No sabemos los motivos de cada ausencia, pero sí podemos preguntarnos cómo generar espacios de participación más amplios, donde investigadores, productores, profesionales, instituciones y ciudadanos puedan escucharse y aportar sus conocimientos.
No necesitamos que todos piensen igual. Necesitamos que puedan debatir con respeto, contrastar información y revisar sus posiciones cuando la evidencia lo justifique.
El objetivo no debería ser tener razón, defender una postura ideológica ni demostrar que el otro está equivocado. Debería ser enriquecer el debate, generar conocimiento y encontrar soluciones.
Porque los problemas complejos no se resuelven desde las trincheras. Se resuelven con investigación rigurosa, comunicación responsable, pensamiento crítico y autocrítico, y la voluntad de construir respuestas que contemplen la salud, el ambiente y la producción de alimentos.
Sebastián Fiori
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