En el Día de la Madre que se celebrará el domingo, su historia adquiere un significado especial. Después de acompañar a su hija durante años en el tratamiento de una insuficiencia renal, Roxana se convirtió en su donante y le dio la posibilidad de seguir adelante con sus proyectos y mejorar su calidad de vida. El trasplante se realizó en septiembre, en el Instituto de Trasplante de Alta Complejidad (ITAC), y hoy ambas transitan la recuperación con optimismo. En diálogo con La Vanguardia, Roxana compartió una experiencia atravesada por el amor, la esperanza y una decisión que cambió sus vidas: “Donar es la acción más hermosa del mundo”.
Hay historias que permiten entender el amor desde un lugar diferente. Historias en las que acompañar, cuidar y estar presente durante años se transforma, llegado el momento, en la posibilidad de dar algo propio para que la persona que uno ama pueda seguir adelante.
La historia de Roxana y su hija, Valentina Verlotta, es una de ellas. Desde que Valen era bebé, su mamá estuvo pendiente de su salud, acompañándola en cada consulta, cada estudio y cada etapa de un tratamiento que, con el paso del tiempo, las llevó a enfrentar uno de los desafíos más importantes de sus vidas: un trasplante renal.
Cuando llegó ese momento, Roxana no tuvo dudas. Sabía que quería ser ella quien donara el riñón que su hija necesitaba. Hoy, después de la cirugía y mientras ambas avanzan favorablemente con los controles médicos, mira hacia atrás con emoción y agradecimiento.
En la previa de este Día de la Madre, su testimonio habla de la maternidad, pero también de la esperanza, la generosidad y la posibilidad de transformar una situación difícil en una nueva oportunidad.
Una historia que comenzó cuando Valen era bebé
“Mi nombre es Roxana y soy, orgullosamente, la mamá de Valentina Verlotta”, se presenta al conversar con La Vanguardia.
La insuficiencia renal de Valentina fue detectada cuando era muy pequeña. Desde entonces, su familia permaneció atenta a su evolución y siguió de cerca cada indicación médica.
“Desde que Valen era bebé estuvimos siempre pendientes de su salud. Durante muchos años la atendieron especialistas, entre ellos una nefróloga de Mar del Plata, Cintia La Rubio, y su urólogo del Hospital Italiano de Buenos Aires. Seguimos con ellos hasta que cumplió los 18 años”, recuerda Roxana.
Al llegar a la mayoría de edad, Valentina continuó con el seguimiento de su urólogo y comenzó a atenderse también con el doctor Denis Allende.
Fueron años de consultas y controles, de transitar un camino que exigía paciencia y constancia. Hasta que llegó el momento en que los médicos plantearon la necesidad de realizar un trasplante.
“Siempre supe que iba a ser yo”
Roxana recuerda que, desde el primer momento, tuvo claro cuál quería que fuera su lugar en ese proceso.
“Cuando llegó el momento de pensar en el trasplante, siempre supe que quería ser yo la donante. Estaba totalmente decidida”, cuenta.
Valentina, sin embargo, al principio no aceptaba con facilidad esa posibilidad. La preocupación por la salud de su mamá y por los riesgos que podía implicar la intervención aparecía como un obstáculo emocional difícil de superar.
“En un primer momento, Valen no quería que yo fuera la donante. Pero los médicos le explicaron que, después de todos los estudios y las evaluaciones correspondientes, yo podía hacerlo. Eso la ayudó a sentirse más tranquila”, relata.
Antes de avanzar, Roxana debió atravesar una serie de evaluaciones médicas para determinar si estaba en condiciones de ser donante.
El proceso comenzó en enero de 2026 y cada etapa tuvo sus tiempos. Los estudios se realizaban de manera progresiva y era necesario esperar los resultados para poder avanzar al siguiente paso.
“Tenía que hacerme muchísimos estudios y todo debía salir bien. A veces terminabas una etapa y había que esperar para pasar a la siguiente. Gracias a Dios, a mis 52 años, todos los resultados fueron favorables”, expresa con emoción.
Septiembre, el mes de una nueva oportunidad
Después de meses de estudios, evaluaciones y esperas, a fines de agosto recibieron la noticia que estaban esperando: la cirugía tenía fecha.
El 9 de septiembre debían internarse y al día siguiente se realizaría el trasplante.
La intervención estaba organizada en dos etapas. Primero ingresaría Roxana, y luego sería el turno de Valentina.
“Yo salí del quirófano a las 12.30 y Valen, a las 14.30. Afuera estaban esperándonos su hermana Leila, su papá Claudio y mi hermana Mary. Ellos también fueron una parte fundamental de todo esto”, recuerda.
A pesar de la trascendencia de la operación, madre e hija llegaron tranquilas al quirófano. La cirugía se desarrolló favorablemente y la recuperación inicial superó sus expectativas.
“Llegamos muy tranquilas las dos. Salió todo perfecto y no tuvimos dolor. Al tercer día nos dieron el alta y, una semana después, nos sentíamos muy bien”, cuenta Roxana.
El trasplante se realizó en el Instituto de Trasplante de Alta Complejidad (ITAC), donde continúan con el seguimiento médico.
Una recuperación compartida y el sueño de volver a casa
Aunque la evolución de ambas es favorable, el proceso todavía requiere controles frecuentes. Por el momento, permanecen cerca del centro médico en Buenos Aires para cumplir con el seguimiento establecido por los profesionales.
“Tenemos controles todas las semanas: los lunes nos hacemos los análisis de laboratorio y los jueves tenemos consulta. Por suerte, hasta ahora está todo perfecto”, explica.
La expectativa es que en noviembre puedan regresar a su casa y comenzar a espaciar progresivamente las visitas médicas, primero cada quince días y, más adelante, una vez al mes, cada dos meses y así sucesivamente, de acuerdo con la evolución y las indicaciones de los profesionales.
Para Roxana, cada paso representa un motivo para agradecer. Después de tantos años de acompañar a su hija en el cuidado de su salud, hoy puede mirar hacia adelante con la tranquilidad de saber que ambas atraviesan una recuperación favorable.
“Una parte mía va a estar en ella”
En el Día de la Madre, la experiencia adquiere para Roxana una dimensión todavía más profunda. La maternidad estuvo presente en cada etapa del camino, desde los primeros controles de Valentina hasta la decisión de convertirse en su donante.
“En este Día de la Madre me siento feliz y bendecida de haber podido ser yo quien le donara un riñón a mi hija. Lo hice para que pueda seguir adelante con sus proyectos y tenga una excelente calidad de vida”, expresa.
Y hay una idea que resume todo lo vivido, una frase que parece contener el sentido más íntimo de su decisión:
“Saber que una parte mía va a estar en ella es maravilloso”.
No se trata solamente de haber atravesado una cirugía o de haber superado una etapa difícil. Para Roxana, donar significa haber podido ofrecerle a Valentina una nueva oportunidad, acompañarla desde otro lugar y compartir con ella la esperanza de todo lo que todavía queda por vivir.
Por eso, su mensaje también está dirigido a quienes atraviesan una situación similar.
“Donar es la acción más hermosa del mundo. A las personas que tengan que pasar por una circunstancia como esta, les digo que no duden en informarse y hablar con los profesionales sobre la posibilidad de donar”, sostiene.
La historia de Roxana y Valentina no comenzó en un quirófano ni terminó con el alta médica -la foto que acompaña este artículo-. Es el resultado de años de cuidados, de una decisión tomada desde el amor y de la esperanza de una vida que continúa.
El próximo domingo, en el Día de la Madre, Roxana tendrá un motivo muy especial para celebrar: saber que pudo ayudar a su hija a seguir adelante y que, de alguna manera, ambas llevan consigo una parte de la otra.
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