Profesor de Educación Física y guardavidas, se sumó en 2002 a una primera camada de argentinos que viajó a España para trabajar durante la temporada de verano. Lo que comenzó como una experiencia para conocer otro país terminó convirtiéndose en un estilo de vida entre Balcarce y Tarragona. Desde esa doble pertenencia, fue testigo de las crisis económicas de ambos países y advierte sobre las dificultades que hoy atraviesan los trabajadores españoles con salarios que pierden frente al costo de vida.
Profesor de Educación Física, guardavidas y montañista, se fue a España en 2002 para trabajar durante la temporada de verano y conocer otro país. Lo que comenzó como una experiencia temporal terminó convirtiéndose en una forma de vida que combina su historia en Balcarce con su presente en Tarragona. En ese recorrido, la montaña también ocupa un lugar central: una escuela de aprendizaje que invita a entender los límites, la paciencia y la importancia de cada paso.
Fernando de la Torre tiene 59 años y hace 24 que su vida transcurre entre Argentina y España. En 2002 viajó por primera vez para trabajar como guardavidas durante la temporada de verano. En aquel momento, la idea era vivir una experiencia diferente, conocer otro lugar y regresar. Sin embargo, el tiempo fue transformando aquel viaje en una historia que todavía continúa.
“En ese momento era una experiencia para conocer otro lugar. Mi pareja, que después fue mi esposa, me decía que eran unas vacaciones pagas”, recuerda al reconstruir los comienzos de una etapa que terminaría cambiando buena parte de su vida.
La decisión de viajar se produjo en un contexto particular. Argentina todavía estaba atravesada por la convertibilidad cuando Fernando comenzó a organizar su salida. Mientras avanzaban los trámites y los papeles necesarios para trabajar en España, el país atravesó el final de ese régimen económico y la profunda crisis de 2001 y 2002.
El cambio también tuvo consecuencias en el valor de los ingresos que podía obtener en el exterior. “Cuando se terminó la convertibilidad, lo que ganábamos allá empezó a representar casi el doble de lo que podíamos ganar acá”, explica.
Pero el aspecto económico fue solamente una parte de la historia. La oportunidad de trabajar en las playas españolas también estaba relacionada con una modificación en las exigencias para la prevención de ahogamientos. Hasta entonces, en algunos lugares las tareas de vigilancia eran realizadas por voluntarios de la Cruz Roja o por personas que conocían el mar y podían colaborar con la seguridad de los bañistas, muchas veces a cambio de alojamiento.
Con la incorporación de nuevas exigencias y la necesidad de contar con personal capacitado, comenzó la búsqueda de guardavidas con formación específica. Argentina y Uruguay aparecieron como lugares de procedencia para cubrir esos puestos, tanto por la disponibilidad de trabajadores preparados como por las afinidades culturales y el idioma.
Así se conformó una primera camada de argentinos que viajó para trabajar durante el verano europeo. Según recuerda Fernando, fueron alrededor de 370 personas provenientes de distintas localidades de la costa atlántica bonaerense, entre ellas Miramar, Mar del Plata, Balcarce y Necochea.
Fernando formó parte de aquella generación. Desde entonces, desarrolló gran parte de su actividad laboral en Cataluña, especialmente en la provincia de Tarragona.
Con el paso de los años, lo que inicialmente había sido una experiencia laboral de temporada se transformó en un estilo de vida. La rutina de viajar, trabajar durante los meses de verano y regresar a la Argentina comenzó a formar parte de su identidad.
Hoy se reconoce como uno de los últimos “sobrevivientes” de aquella primera camada. A sus 59 años, sigue trabajando junto a guardavidas de 21 y 22 años, en un ámbito que se renovó generacionalmente mientras él acumulaba experiencia.
La montaña como escuela de vida
Además de su trabajo como guardavidas y su formación como profesor de Educación Física, la montaña ocupa un lugar importante en su recorrido personal. El montañismo representa una experiencia que va más allá de la actividad física: exige preparación, capacidad de adaptación, respeto por el entorno y una lectura permanente de las propias posibilidades.
Su experiencia como montañista también lo llevó a escenarios que representan grandes desafíos para quienes practican esta actividad. Fernando estuvo en el Himalaya, en el Mont Blanc, en los Alpes, y en el Ojos del Salado, el volcán más alto del mundo. Cada una de esas experiencias le dejó una enseñanza que trasciende lo deportivo y que se vincula con su manera de entender la vida. “La montaña te enseña en cada paso y te alecciona. Te muestra lo que es verdaderamente importante en esta vida”, reflexiona. En la montaña, cada avance exige esfuerzo, paciencia y respeto, pero también invita a poner las cosas en perspectiva y a descubrir que, muchas veces, lo esencial no está solamente en alcanzar la cima, sino en todo lo que se aprende durante el camino.
En una vida marcada por los viajes, los cambios de país y la necesidad de adaptarse a distintas realidades, esos aprendizajes adquieren un significado particular. La montaña propone otra manera de medir los tiempos y de entender los objetivos: no alcanza con mirar la cumbre, también importa cómo se recorre el camino para llegar hasta ella.
La experiencia acumulada en el montañismo se suma así a una trayectoria en la que el movimiento, el contacto con la naturaleza y la adaptación a distintos escenarios forman parte de una misma búsqueda.
Entre Balcarce y Tarragona
Después de más de dos décadas, Fernando construyó una relación particular con los dos lugares que forman parte de su vida. Balcarce sigue siendo su referencia afectiva, mientras que Tarragona se convirtió en el espacio donde desarrolló gran parte de su actividad laboral y consolidó una rutina.
No siente que deba elegir necesariamente entre uno y otro. Su experiencia está atravesada por esa pertenencia compartida, aunque cada regreso y cada partida despierten sensaciones diferentes.
“Como dice la canción, no soy ni de aquí ni de allá”, expresa al intentar definir esa relación con ambos lugares.
La frase resume una situación que se repite en quienes construyen una vida entre países: cuando están en España, aparece el deseo de volver a la Argentina; cuando regresan a Balcarce, después de Semana Santa comienza la cuenta regresiva para viajar nuevamente.
Con el tiempo, esa alternancia deja de ser una circunstancia excepcional y se convierte en parte de la propia identidad. Cada lugar conserva sus afectos, sus costumbres y sus razones para regresar.
Las crisis económicas, desde otra perspectiva
Durante estos 24 años, Fernando también fue testigo de distintas etapas de la economía española. Vivió el auge inmobiliario, los años de expansión y la crisis que modificó las condiciones de vida de numerosos trabajadores.
Desde su experiencia cotidiana, observa que quienes perciben salarios relativamente bajos atraviesan dificultades crecientes para sostener sus gastos. En España, el término “mileurista” se utiliza para describir a quienes cobran alrededor de mil euros mensuales, aunque en la actualidad también alcanza a personas con ingresos algo superiores.
Fernando advierte que, mientras los salarios tuvieron aumentos limitados durante los últimos seis o siete años, el costo de vida continuó subiendo, especialmente en materia de vivienda.
Uno de los ejemplos más claros aparece en el precio de las habitaciones compartidas. Según relata, un espacio que antes podía alquilarse por unos 270 o 280 euros mensuales hoy puede acercarse a los 700.
La diferencia refleja una realidad que afecta especialmente a quienes necesitan alquilar para trabajar y no cuentan con una vivienda propia. El problema no se limita al monto del salario, sino a cuánto de ese ingreso queda disponible después de pagar el alojamiento y cubrir los gastos básicos.
Su mirada está construida desde la experiencia de vivir y trabajar en ambos países. Conoce las dificultades económicas argentinas y también las tensiones que atraviesan hoy numerosos trabajadores españoles.
Sin embargo, aclara que las crisis no son idénticas y que cada sociedad tiene sus particularidades. Las comparaciones permiten encontrar puntos de contacto, pero no necesariamente explican por completo lo que sucede en cada lugar.
Una vida que sigue en movimiento
A los 59 años, Fernando continúa sosteniendo una dinámica que comenzó como una aventura laboral y terminó convirtiéndose en una forma de vida. La experiencia como guardavidas, su formación como profesor de Educación Física y su vínculo con la montaña forman parte de una historia atravesada por el aprendizaje y la adaptación.
Los 24 años transcurridos desde aquel primer viaje también modificaron su manera de mirar el mundo. España dejó de ser un destino desconocido y Balcarce nunca dejó de ocupar un lugar en su historia.
Entre los recuerdos de los primeros viajes, las temporadas de trabajo, las experiencias en la montaña y las transformaciones económicas de ambos países, Fernando construyó un recorrido propio. Uno en el que los lugares de pertenencia no necesariamente se excluyen y en el que cada regreso abre, de alguna manera, la posibilidad de una nueva partida.
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