07.03.2010 | Juan Ignacio tiene tres años y estuvo al borde de la muerte por un accidente. Después de una cirugía en el cerebro, cadenas de oración, y la fe de su familia, logró reponerse de un cuadro extremadamente grave. Los médicos dicen que fue un milagro. Su historia conmovedora y llena de esperanza.
La tarde cae en Balcarce. Llueve, hay viento, y la humedad asfixia. Las calles están semivacías. Un viejo cordel deshilachado con ropa rechina en un patio donde la tierra le ganó decididamente la batalla al césped. Tras atravesar unas tiras plásticas de una cortina azul en el frente de una casa modesta, una risa contagiosa atrapa la atención de todos. Es Juani, un nene de tres años que vivió un momento dramático y que hoy se recupera después de un accidente con un petiso -hace un mes y medio- que lo dejó al borde la muerte. Débora Davico (25) es la mamá de Juan Ignacio. No se separa de él ni un instante, y sus ojos siguen cada movimiento, cada gesto, cada mueca, de quien necesita de cuidados intensivos aún en el seno de su hogar. Juani tiene una parte del cerebro inflamada y por eso no puede someterse todavía a una operación en la que le colocarán dos plaquetas de aluminio que en parte reemplazarán los huesos craneales. Mientras Débora habla con La Vanguardia, Juani va y viene, sigue atento la conversación, y cuando se acuerda, abre los ojos como justificando el olvido, y regresa a una play estation que sigue encendida en una mesa de madera, a pocos metros de la cocina. “Juan Ignacio es así, inquieto y juguetón”, lo define su mamá que ahora está más tranquila, más serena, y se atreve a reflexionar sobre uno de los momentos más duros que le tocó vivir tras el accidente de su hijo el 20 de enero de este año. “Ese día fue todo muy rápido. Eran las siete de la tarde y yo estaba acá en la casa cuando sentí los primeros gritos de desesperación. Juan Ignacio estaba arriba de un petiso que el abuelo le había regalado para Reyes cuando pasó lo que nadie esperaba. De repente se sintió una explosión, que dicen pudo ser de un neumático, y el petiso se asustó y repentinamente salió corriendo. En ese momento, fue todo desesperación del abuelo de Juani y del padrino que estaban con él porque no pudieron frenar al caballo que corrió más de 50 metros con mi hijo a la rastra. Cuando el animal se frenó, se cayó arriba del cuerpito de Juani que ya estaba inconsciente por los golpes que había recibido en la cabeza. En esos segundos lo primero que se me cruzó por la cabeza fue correr hasta la calle, parar un auto, y llevarlo al Hospital”, cuenta Débora mientras busca reconstruir en su memoria aquello que ocurrió esa tarde que no olvidará jamás. “Juani estaba mal, lo alce en mis brazos, y así llegamos al hospital local donde ingresamos por la guardia y nos recibió la doctora Andreu, a quien le estamos muy agradecidos por el esfuerzo, la dedicación, y por cómo se portó con nosotros. Enseguida nos dijo que el cuadro era grave, y pidió una derivación al Hospital Materno Infantil de la ciudad de Mar del Plata. Lo prepararon, lo subieron a la ambulancia, y recorrimos 60 kilómetros llenos de angustia y desesperación. Yo viajaba en la parte delantera de la ambulancia, y la doctora y una enfermera iban con Juani atrás. En ese instante, pensé que la vida de Juani estaba en manos de Dios y que tenía que tener fe, no podía pensar en otra cosa”, explica Débora mientras Juani sigue desafiando a la play station como si de aquel episodio sólo quedaran las huellas que revelan las cicatrices que tiene en su cabecita rapada.
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