El histórico constructor, que murió a los 88 años, dejó escrita una carta que fue publicada por su familia en sus redes sociales. En ella eligió despedirse hablando de su vida, su pasión por los fierros, su familia, su equipo de trabajo y el automovilismo que marcó toda su trayectoria.
Tulio Crespi murió a los 88 años, después de una vida dedicada a los fierros y a la construcción de autos de competición. Pero antes de despedirse dejó preparado un mensaje que su familia decidió publicar en las redes sociales del reconocido constructor.
Una carta escrita en primera persona, con el tono que lo caracterizó durante toda su vida y en la que Crespi pidió algo muy concreto: que no lo recuerden por su enfermedad ni por la forma en que se fue, sino por la manera en que vivió.
En sus palabras aparecen su familia, sus trabajadores, los pilotos, los talleres, los autos y una vida construida alrededor de una pasión que comenzó desde muy joven y que encontró en Balcarce el lugar donde desarrollar su historia.
Esta fue su última carta:
“Si están leyendo esto, es porque me tocó largar mi última carrera.
Quiero que sepan que me voy en paz, tranquilo, después de pelearla como pude con esta enfermedad que me tocó al final del camino. Pero no quiero que hablen de eso. No quiero que me recuerden por cómo me fui, sino por cómo viví.
Viví 88 años haciendo exactamente lo que amé. ¿Cuánta gente puede decir eso?
Nací prácticamente en Chacarita con un martillo en la mano. Fui creciendo, laburando, aprendiendo de los fierros, y con mucho sacrificio me fui a Balcarce a hacer mi vida y mi historia. Ahí construí todo lo que soñé de pibe.
Gracias.
Gracias a mi familia, que me bancó siempre. Que me perdonó las horas en el taller, la grasa en las manos, los domingos en el autódromo en vez de en casa. Sin ustedes, nada de lo que hice hubiera tenido sentido. Ustedes fueron mi verdadero campeonato.
Gracias a mi equipo de trabajo, a mis empleados y a mis proveedores, que juntos creamos las primeras piezas únicas de un auto de competición. Cada chasis, cada soldadura, cada pieza hecha a mano lleva el esfuerzo de todos. Nada lo hice solo.
Gracias a todos los pilotos que confiaron en mí. A los que se subieron a un Crespi sin saber si iban a llegar, pero con la ilusión intacta. Cada triunfo suyo fue mi triunfo.
Gracias al ambiente del automovilismo. A los mecánicos, a los chapistas, a los rivales que fueron amigos, a los que me enseñaron cuando yo no sabía nada y a los chicos que hoy venían a preguntar. Yo nunca me creí más que nadie. Fui un laburante del fierro, un artesano que tuvo la suerte de convertir su pasión en su trabajo.
No estén tristes por mí. Sigan haciendo ruido. Sigan armando autos en talleres chiquitos pensando que pueden ganarle a los grandes, porque yo pude y lo hice.
Dejo mi fábrica en manos de mis hijos para continuar mi legado. Queda todo ahí, para que siga girando.
Gracias por estos ochenta y ocho años de confianza. ¡Viva la vida, vamos que se puede!
Gracias, gracias, gracias.”
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