Rosa Linco Muñoz es chilena y hace 24 años que vive en Balcarce. Esta enfermera que nació en Temuco, a 400 kilómetros de Concepción, tiene a su familia viviendo en un país, cuya mitad del territorio ha sido devastada por un terremoto sin precedente.
Según los especialistas, fue uno de los terremotos más grandes de la historia de Chile, con una magnitud de 8,8 grados en la escala de Richter y unas 50 veces más intenso que el de Haití. Con esa fuerza brutal, la naturaleza despertó en medio de la madrugada a ese país y dejó más de 700 muertos, según el saldo provisional ofrecido por las autoridades trasandinas. Cuando la mayoría de los 17 millones de chilenos dormía, se registró un movimiento telúrico frente a la costa de la localidad costera de Cobquecura, centro-sur del país, al sur de Concepción y a unos 325 kilómetros al sur de Santiago. Dicen que fue el más violento desde el de 1960, el peor de la historia chilena. El temblor fue de tal magnitud que se sintió en casi 1.600 kilómetros de extensión del territorio chileno (al menos, entre La Serena al norte y Puerto Montt al sur) y hasta en provincias de Argentina.
Rosa Linco Muñoz (48) es chilena y hace 24 años que vive en Balcarce. Esta enfermera que nació en Temuco, a 400 kilómetros de Concepción, tiene a su familia viviendo en un país, cuya mitad del territorio ha sido devastada por un terremoto sin precedente. En nuestra ciudad, Rosa decidió hacer algo más que intentar comunicarse todos los días con su hermana Nora, y lanzó una campaña para juntar alimentos, ropa, y medicamentos. En la charla con La Vanguardia, Rosa cuenta que “al ver la destrucción y la desolación de mi país, quise hacer algo más desde acá. Sé que no es mucho, pero por poco que sea quiero sumar mi granito de arena para que mis hermanos chilenos puedan salir de esta situación tan dramática. Mi familia que vive en un pueblo, cerca de Temuco, están bien, pero no me quiero quedar con eso. Estoy triste y con mucho dolor. Cada vez que veo la tele se me parte el alma de ver a mis hermanos en esa situación. Pasando necesidades, con sus casas destruidas, y con una Nación que ahora debe reconstruirse con la ayuda de todos. Hablo periódicamente con mi hermana, y ella me cuenta que los temblores siguen y que la cosa no está nada bien, pero tiene fe y esperanza de que la situación va a cambiar”, le cuenta Rosa con lágrimas en los ojos al diario La Vanguardia.
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