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Raíces que no se olvidan: el latido presente de una Bolivia en crisis

Redacción Vanguardia

Mientras las protestas y la crisis política sacuden el altiplano, la comunidad boliviana en Argentina sigue pendiente de sus familias y de un país que parece no dar tregua. Desde Balcarce, Vilma Martínez -que llegó a la Argentina cuando tenía 10 años- contó a La Vanguardia por qué volver no siempre es una opción y expresó su dolor por la situación que atraviesa su país y donde actualmente vive su mamá y su hermano. "Da mucha tristeza".

Hace más de dos semanas que Bolivia vive una encrucijada que atraviesa lo político, lo social y lo humano. Las protestas que estallaron por reclamos salariales, la escasez de recursos y problemas con el combustible pusieron en tensión al Gobierno de Rodrigo Paz y abrieron grietas en las relaciones internacionales de la región. Más allá de la agenda diplomática, quienes observan con mayor angustia son los miles de bolivianos que viven fuera del país: padres, hijos, amigos y vecinos que desde la distancia sienten el temor de lo conocido —esas crisis repetidas que, una y otra vez, obligan a decidir entre partir o quedarse.

Vilma Martínez tiene 39 años. Llegó a la Argentina con 10, acompañando a su padre, su pareja y sus hermanos, buscando una vida más estable. Hoy vive en Balcarce, formó una familia, es comerciante en el rubro de indumentaria y habla con la resignación templada por la experiencia.

"Lo más triste de lo que pasa en mi país es que, como en 2019, hay gente que pierde la vida, que muere en las calles donde reina el caos. Eso es muy lamentable. Más allá de los gobiernos de turno, la que sufre y padece es la gente de mi país, y eso es lo que se debería entender", dice Vilma.

Aunque creció en Argentina, su corazón permanece dividido. Su madre se quedó en Santa Cruz de la Sierra; sus llamadas son un puente diario: "Siempre estoy llamándola —porque allá también vive uno de mis hermanos—, y con toda esta situación me preocupo mucho por ella".

Vilma recuerda los comienzos con la claridad de quien reconstruyó su mundo en otro contexto y con otras reglas: "Al boliviano siempre se lo vinculó a trabajos pesados en el campo, en las quintas, y en los hornos de ladrillo. Es una comunidad reservada, pero con un gran sentido del trabajo; eso les permite progresar". Para ella, la adaptación no fue imposible: "No me costó tanto adaptarme; quizá porque era una niña de diez años y estaba en mi mundo. Estuve lejos de mis abuelos y eso lo sufrí, pero encontré aquí 'abuelos del corazón'".

La gratitud hacia el país que la recibió es firme: "Argentina es un país muy generoso. Me abrió las puertas, me cobijó y me dio la posibilidad de crecer y tener un proyecto de vida." Hoy, con la estabilidad laboral y afectiva conseguida, no planea volver: "Después de tantos años no pienso en volver, básicamente porque tengo a mis hijos y estoy estabilizada acá."

El recorrido personal de Vilma combina orgullo por lo logrado y una tristeza persistente por la distancia familiar. "Lo más duro de todos estos años fue haber crecido lejos de mi mamá", confiesa con los ojos húmedos. Esa mezcla de avance y pérdida resume la experiencia de muchos inmigrantes: construir una vida sin borrar la nostalgia ni las raíces.

La crisis que atraviesa Bolivia —con su combinación de demandas laborales, carencias de combustible y acusaciones sobre redes ilícitas que atraviesan fronteras— no es solo una cifra en los noticieros. Para la diáspora boliviana, cada noticia remite a nombres concretos: vecinos, primos, amigos que podrían quedar atrapados en medidas de fuerza o en episodios de violencia. Esa proximidad transforma la política en afecto, y la lejanía en ansiedad cotidiana. Y Vilma lo sabe: "Te genera mucha impotencia ver lo que pasa y no poder hacer nada por tu familia". 

En pueblos como Balcarce, las comunidades bolivianas, como otras colectividades, sostienen redes de contención que funcionan como una extensión del país natal: son lazos que siguen latiendo en ferias, negocios, rituales familiares y celebraciones religiosas. Esa red es también un tejido de información y ayuda: se comparten noticias, se envían remesas, se organizan llamadas y se arma, cuando hace falta, una cadena para acoger a quienes llegan con lo puesto.

Ante la posibilidad de que la crisis se prolongue, muchos se plantean la pregunta que no siempre tiene respuesta: ¿quedarse o volver? Para quienes, como Vilma, construyeron una vida con hijos y trabajo estable en Argentina, la decisión pesa: volver implicaría abandonar esa red de seguridad; quedarse implica vivir con la incertidumbre respecto de la familia en el país de origen.

En síntesis, el testimonio de Vilma lleva a una confirmación: las raíces no se olvidan: se sienten en el pulso de una llamada, en el llanto que asoma cuando la conversación deriva a la madre que quedó allá, en el orgullo por lo que se consiguió y en el miedo por lo que se vive. La historia de Vilma es una entre muchas —y, a la vez, un espejo que devuelve la complejidad de ser boliviano hoy: un pasado que duele, un presente que obliga y una lejanía que cobra la forma de una ausencia que cada inmigrante lleva y asimila como puede.

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