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Baja inversión y alta eficiencia

Producción porcina: el rol del INTA en el sector y su proyección

Redacción Vanguardia

Raúl Franco y Darío Panichelli, del INTA, analizaron el acompañamiento de la institución al sector productivo porcino nacional y delinean aspectos que debieran ser tenidos en cuenta en función de los cambios en el rubro y que necesitan también del aporte institucional.

La producción porcina argentina ha atravesado una transformación sin precedentes desde el año 2000 hasta la actualidad, caracterizada por cambios profundos en todos los eslabones de la producción primaria. Estas modificaciones abarcan desde la forma de producir carne dentro de las granjas, hasta la evolución de las empresas proveedoras de bienes y servicios, así como también importantes transformaciones socioproductiva.
De este modo, una actividad que a comienzos de los años 2000 se percibía como relegada frente a otras cadenas cárnicas, ha logrado reposicionarse como un sector dinámico y en constante crecimiento.
En todo este proceso, el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria ha desempeñado un rol central como institución de apoyo y acompañamiento al desarrollo del sector. A lo largo de estas transformaciones, ha contribuido mediante actividades de investigación y extensión, orientadas a generar y transferir conocimientos que permitan sostener a la mayor cantidad de productores dentro del sistema productivo. Para ello, el organismo ha promovido el desarrollo de tecnologías aplicadas y alternativas productivas, especialmente dirigidas a pequeños y medianos productores, con el objetivo de mejorar la eficiencia mediante niveles de inversión intermedios, sin descuidar la calidad del producto final.
En este contexto, durante las etapas iniciales del proceso de transformación, la institución evaluó diversas alternativas productivas con el objetivo de brindar soluciones técnicas a aquellos productores que contaban con entre 20 y 80 madres, los cuales representaban aproximadamente el 95% del total de establecimientos del país. En ese momento, el principal enfoque estuvo orientado a resolver ineficiencias productivas en sistemas al aire libre, generalmente integrados con actividades agrícolas.

En estos esquemas, los ejes de trabajo se centraron en el manejo del tapiz vegetal, la rotación de los sistemas agrícola-ganaderos, la implementación de manejos en bandas, y la incorporación de mejoras en genética y alimentación.
El objetivo de estas estrategias fue alcanzar niveles adecuados de eficiencia productiva, tanto en términos de kilogramos de carne por madre por año como de conversión alimenticia y calidad de producto, que permitieran a estos productores sostenerse y permanecer dentro del sector.
Sin embargo, a medida que el sector continuó avanzando en términos de eficiencia y calidad, surgió la necesidad de desarrollar nuevas formas de producción que permitieran desacoplar la superficie ganadera de la agrícola, optimizando el uso de los recursos y logrando un mayor control de las condiciones ambientales. Ante ello, la institución comenzó a trabajar en la implementación de un modelo productivo orientado a alcanzar niveles de eficiencia superiores a los sistemas al aire libre.
De este proceso surge el denominado sistema de “baja inversión y alta eficiencia”, basado en la combinación de distintas tecnologías. Este esquema integra el uso de fosa seca en las etapas de servicio, primeros 35 días de gestación (G1) y maternidad, junto con sistemas de túnel de viento y cama profunda para las etapas de destete, recría y terminación, y para la etapa de gestación posterior a los 35 días.
Este modelo ha permitido al productor incrementar los kilogramos de carne producidos por madre, reducir las conversiones globales del establecimiento y liberar superficie para otras actividades, como la agricultura. Todo ello con una inversión aproximada un 70% inferior a la requerida por un sistema de confinamiento tradicional.

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