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Sociedad

Del archivo de LV: Leloir: el Premio Nobel en Balcarce
03-07-2022

 

El prestigioso científico argentino se interesó por estudios de la Estación Experimental del INTA. Siguió la marcha e ingresó a la Facultad de Agronomía –así se llamaba entonces- a cuyo frente estaba el ingeniero Enrique M. Gil. “Retraído, sencillo” lo definió el periodismo porteño cuando en octubre de 1970 se conoció la gran noticia de alcance mundial: desde Suecia le otorgaban el Premio Nobel de Química. Tenía 64 años. 

 

Llegar a Balcarce para el doctor Luis Federico Leloir seguramente fue andar por tierra conocida. Es probable que es más de una visita haya

caminado una calle ya recorrida, comido en restaurantes a los que volvía, o comprado en algún comercio más de una vez. Todo eso es posible, como también que muy pocos lo hayan reconocido. “Retraído, sencillo” lo definió el periodismo porteño cuando en octubre de 1970 se conoció la gran noticia de alcance mundial: desde Suecia le otorgaban el Premio Nobel de Química. Tenía 64 años.  “Muy sencillo, no hablaba mucho” lo describió a La Vanguardia la ingeniera agrónoma Norma González, investigadora que se desempeñaba en el laboratorio de microbiología de suelos del INTA Balcarce, que Leloir visitó en más de una oportunidad. Esos arribos a la Estación Experimental también los recuerda el ingeniero Antonio Gualati, quien en su oficina tuvo el gusto de charlar con el científico. Gualati incluso visitó la estancia El Volcán para dialogar con Leloir. Antes, el Nobel  visitó INTA en 1973, luego de varios años de su anterior presencia allí. El Liberal publicó que en la tarde del miércoles 14 de febrero lo recibió el director, ingeniero Domingo R. Pasquale, con quien trató el resultado de algunos estudios. Caminando llegó después al Departamento de Producción Animal que recorrió con el jefe doctor Bernardo J. Carrillo y el ingeniero Luis Verde, acompañados por otros técnicos. Siguió la marcha e ingresó a la Facultad de Agronomía –así se llamaba entonces- a cuyo frente estaba el ingeniero Enrique M. Gil. Finalmente fue a la Reserva Ganadera 7. A un periodista del diario, además, le dijo que efectivamente hacía varios años había estado en la Estación donde encontraba en esta nueva visita “un progreso enorme”, destacando la trascendencia que tenía INTA al servicio del país. Recién había conocido la Facultad: “me llevo la mejor impresión”.

 

Cuenta Norma González que los motivos de sus presencias posteriores tuvieron que ver con el grupo de suelos y ese laboratorio de microbiología, cuyo jefe era el ingeniero Carlos Navarro. “Se llevaban muy bien”, agrega la profesional egresada de nuestra Facultad.

“Venía a tratar temas de investigación y, en las reuniones, Navarro quería que participáramos los técnicos. Sus visitas provocaban gran expectativa y en la sala se los escuchaba con mucha atención y hasta cierta timidez, no porque su presencia intimidara, todo lo contrario, sino por temor a decir alguna macana”.  “Estábamos muy felices, cuando venía era un acontecimiento -sigue recordando- y creo que lo vi  tres o cuatro veces”. Una fue en la Capital Federal cuando la ingeniera González fue alumna de un curso que Leloir organizó en el Instituto de Investigaciones Bioquímicas de la Fundación Campomar –era su director desde 1945-, en el que se escucharon exposiciones de expertos extranjeros.

Dice la ingeniera que el personal del Instituto “lo adoraba”, le decían “el dire” y ella recuerda que vio aquella silla no muy presentable en la que el Nobel se sentaba para trabajar, vestido con un vaquero –ahora son jeans- y un guardapolvo gris. Una revista publicó esa escena como símbolo de la sencillez de este argentino que honró al país.

Una anécdota más de Norma: “una mañana de invierno lo vi caminando llevado del brazo por una alumna”. Tal era seguramente el respeto, el cariño, que despertaba en quienes iban a aprender entre probetas y tubos de ensayo.

El Liberal volvió a tomar contacto con el gran científico. Fue de manera ocasional, como suelen ocurrir algunas cosas en el periodismo. Un fotógrafo lo encontró almorzando un domingo con su esposa en pleno centro de la ciudad y el lunes Balcarce supo que había estado en Nonino, el muy buen restaurante que funcionó en calle 17, entre Nelly y 18.

 

Cuando en el ´70 recibió la alta distinción mundial, se señaló que lo pudo haber obtenido en dos ocasiones anteriores, en 1956 y dos años después. También se dijo que su candidatura habría sido propuesta a la Academia Sueca por el doctor Bernardo A. Houssay, primer científico argentino que recibió el Premio Nobel en el ´47 por sus investigaciones en medicina. Los dos hombres de ciencia se conocían bien y Houssay valoraba mucho los avances de su colega.

En esos días diarios, radios y canales de TV dieron la noticia resaltando su sencillez. Nuestro colega Julio Osvaldo López, corresponsal de la revista Primera Plana en La Plata, quiso saber si no le preocupaba que el Premio alterara su forma de vida.

“Si, tengo muchos temores”, respondió Leloir, y el periodista volvió a preguntar: “¿Qué hará para evitarlo ?”. “Esconderme”, dijo Leloir, con esa mirada inteligente, o –como lo recuerda Norma González- “con esos ojos sagaces”.

 

 

Una definición del propio Leloir

 “La vida estudiando hidratos de carbono”

 

La Academia Sueca de Ciencias destacó sus hallazgos. La vinculación con la diabetes y otras enfermedades.

 

De aquella mañana de octubre del ´70 cuando el doctor Luis Federico Leloir supo que le habían otorgado el Premio Nobel de Química, el periodismo informó que fue el embajador de Suecia en Argentina quien –vía telefónica- le comunicó la decisión de la Real Academia de Ciencias de su país. Los colegas de diarios, revistas, radio y televisión buscaron enseguida a aquel científico “paciente y retraído”, se escribió.

Leloir, entre otras pocas respuestas, les contó que se había pasado

“la vida estudiando los hidratos de carbono”. Al comunicar al mundo las razones de la distinción, la Academia señaló que “su notable serie de hallazgos arrojó nuevas luces sobre el comportamiento del organismo y podrían conducir a un conocimiento más perfecto de la diabetes y otras enfermedades internas”. Fue hace muchos años, hoy es bueno que muchos conozcan aquel motivo que determinó el Premio.

 

El jueves 10 de diciembre de ese año el rey Gustavo Adolfo depositó en sus manos los testimonios de la distinción en una ceremonia cumplida en la Sala de la Real Academia de Ciencias, en Estocolmo. El Premio incluyó la entrega de 80.000 dólares. Leloir donó el total de esa suma al Instituto de la Fundación Campomar, donde investigaba hacía 25 años y del que fue director varios más. Fue el primer latinoamericano en recibir el Premio en Química y el quinto en general. Lo precedieron el argentino Carlos Saavedra Lamas (Paz) en 1936; la poetisa chilena Gabriela Mistral en el ´45 ( Literatura); Bernardo Houssay ( Medicina) dos años después; y el escritor guatemalteco Miguel Angel Asturias ( Literatura) en 1967.

Otros dos argentinos con igual reconocimiento son Adolfo Pérez Esquivel (Paz) en 1980 y César Milstein ( Medicina ) en el ´84.

 

Su labor había sido premiada antes de aquel día de diciembre del ´70. Entre otras distinciones cinco años antes de esa noticia mundial recibió en nuestro país el Premio Bunge y Born.  Fue médico desde 1932, profesional interno durante cuatro años en el Hospital Ramos Mejía, trabajó mucho tiempo con Houssay, se desempeñó en el Laboratorio de Química de la Universidad de Cambridge y estuvo dos años en Estados Unidos. Desde 1946 dirigió el Instituto que había creado el industrial textil Jaime Campomar. Luis Federico Leloir murió en la Capital Federal en diciembre de 1987, a los 81 años.     

 

Visitas en los ´70

Borlaug, Nobel de la Paz, en INTA

 

Considerado “padre de la agricultura moderna” y “la revolución verde”

 

Norman E. Borlaug, científico norteamericano que recibió el Premio Nobel de la Paz en 1970 –el mismo año en que se distinguió a Leloir- ha visitado también la Estación Experimental Agropecuaria del INTA Balcarce. Lo hizo en giras  para seleccionar material. Ingeniero agrónomo, genetista y fitopatólogo, fue el introductor de semillas híbridas en la producción agrícola de Pakistán y la India.

Eso incrementó notablemente la productividad en los años ´60. Se ha escrito que aquello salvó más de 1.000 millones de vidas humanas. Se ha apuntado también que se hizo un uso masivo de productos químicos con consecuencias ambientales.

Nuestro país, México –donde se desarrollaron variedades enanas- España Túnez y China son indicados como beneficiados por esta “revolución”.

Borlaug, además, colaboró con la creación del Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT).

Sus giras por nuestro país se iniciaban en Paraná, luego iba a Marcos Juárez y Pergamino, seguía por Bordenave, venía al INTA Balcarce y finalizaba en Tres Arroyos, han contado técnicos que lo acompañaban.

Murió en setiembre de 2009, a los 95 años.

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