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Emiliano Pellegrino

Guardián del canto criollo: memoria y tradición

Redacción Vanguardia

Emiliano canta la tradición de la provincia de Buenos Aires desde los escenarios y la habitación de su infancia. Entre relatos familiares, rituales antes de salir y la devoción por la canción criolla, cuenta su camino, sus referentes y por qué el canto es un modo de defender la identidad.

Nació en Tres Arroyos, hoy vive en Balcarce y lleva más de dos décadas subido a escenarios con guitarra al hombro. Emiliano Pellegrino —“el Pampita” para la gente— habla con naturalidad de sus primeros acordes en la casa del horno de ladrillos familiar, de los músicos que lo marcaron y de la responsabilidad emocional que siente cada vez que anuncia una canción. Esta es una conversación en voz baja, a la manera de las historias que la música criolla busca narrar: pausada, sentida y dedicada a quienes siguen manteniendo las raíces.

—¿Desde cuándo canta y qué lo llevó a este estilo?

—Canto desde los 12 años. Vengo de una familia de horno de ladrillos, de gente de chacra; crecí entre mis abuelos y la música folclórica que siempre sonó en la casa. Al principio fui autodidacta: una vieja guitarra de mi abuelo, un libro que había en la casa y mucho oído. Copiaba los tonos, practicaba los rasguidos escuchando discos. Ya en la adolescencia, cuando vino el cambio de voz, fui un año con un profesor de canto. Pero la raíz fue el hogar y esa forma de ver la vida.

—¿Qué artistas lo formaron como cantor?

—Tengo referentes concretos de la canción criolla: Argentino Luna, Alberto Merlo, Orlando Veracruz, Omar Moreno Palacios. Son cantores que representan el canto criollo de la provincia de Buenos Aires; yo los seguí, intenté aprender de sus caminos y llevar algo de eso conmigo.

—¿Cómo se prepara antes de salir al escenario? ¿Tiene algún ritual?

—Los nervios siempre están; no los veo mal: son parte de la responsabilidad. Durante el día uno ya los siente, la expectativa de cómo va a responder la gente. Hago vocalizaciones, me tomo agua o una pastilla para soltar la tensión y prefiero quedarme un rato solo en el camarín, encerrado con la guitarra, tranquilo y conectado. Salir así me ayuda a entrar a la historia que voy a contar.

—¿Qué busca transmitir con sus canciones? ¿Qué lugar ocupa la poesía en su repertorio?

—Trato de incorporar temas que no se difunden tanto, de apuntar a la cultura, a la tradición y al amor desde la mirada criolla. Mi intención es aportar desde un lugar humilde a la defensa de nuestra identidad, de nuestras raíces. La poesía y la letra son centrales: esta música pide ser escuchada y entendida, invita a entrar en cada historia para disfrutarla con otra profundidad.

—¿Cómo ve la evolución de la música criolla hoy?

—Creo que hay una búsqueda de regreso a lo tradicional. La gente está algo saturada de tantos conjuntos con demasiado ruido y empieza a valorar sonidos más simples: guitarras, bombos, como los viejos conjuntos. La música de la provincia de Buenos Aires no siempre aparece en los grandes escenarios, porque convive con tradiciones de otras provincias, pero se siente que hay una voluntad por conservar lo nuestro.

—¿Recuerda algún momento particularmente emotivo en su carrera?

—Las presentaciones de los discos tienen una carga emocional grande: cantarles a mi padre, a mi madre, a mis abuelos y a mi familia son momentos que me marcaron. También he tenido la suerte de compartir escenario con artistas a los que admiro: Adrián Maggi, Raúl Palma, Juan Carlos Cupaiolo, Enrique Espinosa, Oscar de Franco, Germán Montes y Los Quilla Huasi, entre otros. Cada encuentro suma y emociona.

—Para quien quiere empezar: ¿qué consejo le daría?

—Que sienta lo que hace. Que se emocione, que vibre con cada historia y que lo diga de corazón. Es importante tener convicción y defender el género con compromiso. No olvidar de dónde viene uno ni lo que está representando: una vida rural, un oficio, un paisaje, una historia de amor —todo eso está dentro del canto.

—¿Qué significa para usted actuar cada 2 de abril?

—El 2 de abril es patria, identidad y respeto. Es difícil cantar la marcha de Las Malvinas sin que la emoción nos gane. Ver flamear la bandera y a los veteranos es pensar en quienes defendieron a su país; para mí, abrazar a un ex combatiente es abrazar un pedazo de patria. Es una fecha que interpela y que obliga a recordar.

Agradecimientos

—Quiero agradecer a mis padres, que me apoyaron desde mi primera vez en un escenario (el 25 de mayo de 2002), a mi familia, a mi esposa y a mis hijos. También a los medios, a los amigos y, sobre todo, a la gente: su cariño y respeto son los que hacen al cantor.

Emiliano Pellegrino canta como quien guarda un cuaderno familiar: con respeto por las historias, una afinación de tierra y la convicción de que la música puede ser también un acto de memoria. En Balcarce, cuando suena su guitarra, la pampa vuelve a hablar.

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