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Rafael “Coco” Santamaría

Hombre de trabajo y corazón generoso: "El taller fue mi vida y mi escuela"

Redacción Vanguardia

Medio siglo de manos, mates y taller: la historia de Rafael “Coco” Santamaría, un hombre que construyó su vida entre baterías, encendidos y conversaciones interminables. A sus 86 años, su legado sigue vivo en el lugar donde enseñó, trabajó y formó una familia.

Cuando una ciudad tiene un taller que atraviesa generaciones, no solo conserva herramientas: preserva relatos, oficios y afectos. Rafael “Coco” Santamaría no es solo un mecánico: es la memoria viva de la electricidad del automóvil en su barrio. Empezó a tomar las primeras llaves inglesas siendo niño y, durante décadas, convirtió el ruido de los motores en su idioma cotidiano. Hoy vive encima del local que inauguró hace cincuenta años; desde allí mira el vaivén de clientes, amigos y aprendices y siente que, aunque ya no esté todos los días en el taller, su obra continúa. Coco habló con La Vanguardia y contó su historia y la de quienes lo acompañaron en el camino.

—¿Cómo inicia su relación con el taller a una edad tan temprana?

—Empecé muy chico, con diez o doce años; aún iba a la primaria. Me gustaba mucho el taller de mi padre, que estaba en la calle 15, entre 8 y 6. Iba a la Escuela N° 4 hasta el mediodía y, por la tarde, acompañaba a mi padre al taller de Bruñone y Divita, en calles 11 y 20. Pasaba la tarde metiendo mano en todo y, por la noche, hacía los deberes. Allí me enseñaron lo fundamental sobre baterías; con Divita aprendí todo lo relacionado con el encendido y la electricidad del automóvil.

—¿Qué significó para usted tener su propio taller y recibir a clientes y amigos durante tantos años?

—Mi propio taller lo inauguramos con una gran cena para la familia, clientes y amigos hace cincuenta años: fue el 4 de septiembre de 1976. En ese nuevo local construí además la casa en el primer piso, donde vivimos mi señora y yo. Estar en el taller fue mi vida y mi escuela, mi felicidad: las largas charlas con los clientes, las ayudas y opiniones entre colegas, desde cómo conectar una lámpara hasta crear un cargador de baterías; también los mates y las anécdotas. No puedo dar un número de las personas que pasaron por aquí: es infinito. Me quedaba hasta muy tarde trabajando. Hoy ya casi no bajo; extraño el guardapolvo azul, buscar por qué no arranca un auto, cambiar una lamparita o mejorar una batería. Siempre intenté dar una solución al cliente que venía con algún problema.

—¿Qué consejo le daría a un joven que quiere aprender este oficio hoy?

—Hoy lo primero que le diría es que se capacite y que estudie. Los vehículos son mucho más modernos que en mi época: antes había una Ford A, un Chevrolet 40 o un Mercedes antiguo; ahora son más complicados. Todo funciona con circuitos y la electricidad es fundamental para la gestión del motor y la seguridad. El monitoreo de la batería y el alternador es constante. Por eso hay que estudiar y capacitarse todos los días.

—El taller hoy está alquilado. ¿Le hace bien verlo abierto?

—Sí, me da mucha alegría. Hace tres años que dejé; vivo arriba del taller y me asomo para ver el movimiento: cómo cambian una batería o una lámpara. La gente todavía lo conoce como el Taller de Coco. Me gusta que siga funcionando aunque yo ya no esté; cuando puedo bajo, comparto un mate, camino adentro y me vienen muchos recuerdos.

—¿Qué valores le enseñó el taller sobre la vida, la amistad y la familia?

—Además del buen trato con el cliente, aprendí valores como la responsabilidad, el trabajo en equipo y la enseñanza constante a los empleados para que mejoren cada día. Resolver problemas y lograr que el cliente se vaya contento y vuelva si algo sucede: eso genera confianza y amistad. Principalmente debo agradecer a mi familia, que siempre estuvo y me ayudó mucho. Tuve algunos problemas de salud, pero voy mejorando; hago ejercicios para recuperar movilidad y también dibujo, que me entretiene. Este trabajo me dio muchas alegrías; trabajé mucho, pero pude construir mi casa y darles educación a mis hijos. Mi esposa Dora y mi hija Silvia —y durante años mi hijo Sebastián— llevaron los papeles del taller; yo anotaba casi todo en un cuaderno y a veces me olvidaba de cobrar algún cliente. Tuvimos tres hijos: Silvia, licenciada en Ciencias de la Educación; Adriana, abogada; y Sebastián, veterinario. Hoy tengo cinco nietos: tres varones y dos nenas mellizas de cuatro años; me visitan y las disfruto mucho.

 

Testimonios de la familia

Sebastián (hijo)

—Con papá tengo una sana envidia por la pasión que le puso a su actividad de toda la vida. Si fuera por él, estaría abajo, en su taller. Papá trabajó con los valores de antes: no nos faltó nada más que su presencia a veces. Hoy quizás hay que estar más presente que en la época en que se formó él. Lo suyo fue trabajar y progresar: quería mejorar lo que pudo lograr y darnos una educación para que fuéramos personas formadas. Lo quiero mucho y lo vengo a ver todos los días".

Dora (esposa)

—Es buena persona y buen compañero. En 53 años de casados construimos una linda familia. Quizás “Coco” estuvo mucho tiempo en su taller, pero lo hizo por nosotros para que no nos faltara nada. Ha sido un ejemplo de trabajo y compromiso, siempre con perfil bajo; fue muy solidario con sus empleados y, a su modo, tomó su trabajo como la pasión de su vida.

El taller de Rafael “Coco” Santamaría es más que un local: es un taller de vidas entrelazadas por el oficio. A través de la herramienta y el mate, enseñó a vivir con responsabilidad y generosidad. Hoy, aunque su guardapolvo azul esté más guardado, su voz, sus consejos y su legado educativo continúan en cada repuesto cambiado, en cada batería revisada y en cada joven que decide capacitarse para mantener vivo el oficio.

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