Jorge Lanza
La apicultura como oficio: una actividad que combina técnica, paciencia y responsabilidad ambiental
Jorge Lanza, técnico en Producción Apícola, explicó el ciclo de la colmena, la extracción de la miel, el trabajo asociativo y la importancia ambiental de las abejas. En entrevista con La Vanguardia, compartió su experiencia y el positivo impacto de una actividad milenaria.
Jorge Lanza es técnico en Producción Apícola y trabaja en asociación con otros productores de Balcarce. Con dos décadas de trabajo en grupos y experiencia en asesoría y capacitación, ofrece una mirada práctica y comprometida sobre la apicultura: una actividad que combina técnica, paciencia y responsabilidad ambiental.
—¿Qué es la apicultura?
—La definición tradicional habla de «criador de abejas», pero me parece más acertada la expresión en inglés: beekeeper, es decir, cuidador o guardián de las abejas. Las abejas se reproducen solas; nuestro rol es cuidarlas y acompañarlas más que criarlas.
—¿Es una pasión o lo toma como un trabajo?
—Es un reto y una actividad laboral que sostiene económicamente, pero también es apasionante. Enfrentar cada ciclo anual y resolver lo que va apareciendo junto a las abejas resulta muy estimulante.
—¿Cuál es el proceso para extraer la miel de las colmenas?
—Es un proceso largo que abarca los 12 meses del año. Parece sencillo decir «voy a buscar la miel», pero requiere una preparación extensa. Todo empieza con una buena invernada: hay que acomodar las colmenas para que pasen el invierno sin estrés, protegidas de la humedad y con los recursos necesarios. Durante el invierno no conviene molestarlas ni aplicar tratamientos o alimentos; hay que dejar todo preparado en otoño.
En primavera comienzan a movilizarse con las primeras floraciones: aumentan la población y consumen reservas para desarrollarse. La primavera también trae heladas o días adversos que pueden agotar sus reservas y llevar a colmenas a morir de hambre, por eso hay que hacer un seguimiento estrecho. A medida que crece la población, el apicultor debe agregar material en la colmena para que haya espacio para las nuevas abejas.
Llegado el final de la primavera, con una población grande y mayor diversidad floral, las abejas empiezan a producir miel que puede ser cosechada: se retiran los cuadros con miel madura, se llevan a la sala de extracción y las máquinas realizan el proceso hasta envasarla, sea en tambores de exportación o en frascos para el mercado interno.
—¿Qué materiales y herramientas usa un apicultor?
—En invierno, cuando las colmenas están tranquilas, se arma material: hay herramientas específicas para colocar alambre en los cuadros, encolar cera, clavar y engrapar las cajas, pintarlas, etc. También son necesarias herramientas y equipos para la sala de extracción, recipientes para almacenar la miel, vehículos y acoplados para trasladar colmenas.
La apicultura ha tendido al trabajo asociativo: nosotros somos seis productores que compartimos espacio y equipos. Para un productor individual, reunir todas las herramientas y maquinarias es un desafío poco eficiente; asociarse permite optimizar recursos y crecer en colmenas sin sobrecargar inversiones.
—¿Qué tipo de flores son mejores para la producción de miel?
—No hay una flor «mejor» en términos absolutos. Existe un prejuicio antiguo que valora las mieles claras como superiores porque ciertos mercados las pagaban más; eso no determina calidad. La diversidad de mieles es fascinante: varían en gusto, textura y aroma. La calidad depende de que el productor no interfiera y respete las características de cada miel para que lleguen intactas al consumidor. Muchas veces, envasadores mezclan mieles para homogenizar color y sabor, enmascarando esa diversidad. Mejor sería que cada variedad llegara al consumidor tal cual para disfrutar su perfil sensorial.
—¿Qué beneficios tiene la miel cruda en comparación con la miel procesada?
—Cuando hablamos de miel procesada no nos referimos a miel adulterada, sino a miel sometida a procesos industriales (batido, calentamiento) para facilitar envasado y homogeneización, especialmente para exportación. Cada elevación de temperatura reduce los bioactivos —componentes con propiedades terapéuticas, cicatrizantes, antiinflamatorias y antioxidantes—. Además, esos componentes se degradan con el tiempo: aunque existe el mito de que la miel no envejece, los bioactivos disminuyen durante el primer año. Por eso una miel cruda y recién extraída suele conservar mejor esas capacidades.
—¿Cómo se detectan y tratan las enfermedades en las colmenas?
—Se detectan mediante revisiones regulares y sensibilidad para identificar colmenas fuera de parámetros. Hay enfermedades monitoreables, como la varroa, que requieren controles periódicos. Si el monitoreo se hace en equipo y de forma coordinada, las decisiones y tratamientos son mucho más eficaces y específicos. El productor que no monitorea tiende a aplicar tratamientos «por las dudas», lo que genera estrés en las abejas y riesgo de residuos en la miel. La clave es revisión, monitoreo y, cuando corresponde, tratamientos concretos basados en datos.
—¿Participa en cursos o encuentros sobre cría y mejoramiento de abejas reinas, iniciación apícola y cuidado de colmenas?
—Sí. El trabajo en equipo facilita el acceso a herramientas y permite coordinar cuestiones sanitarias mediante monitoreos comunes. Además, mantener el ánimo es importante: el ciclo apícola es largo y ser su propio jefe puede llevar a postergar tareas que afectan la actividad. Formo parte de un grupo hace 20 años; también participo en un subgrupo de 12 personas asesoradas por el médico veterinario Martín Colombani, con indicadores productivos y económicos históricos. Soy técnico en Producción Apícola, trabajé como asesor para Cambio Rural, dicté cursos en la Universidad de Mar del Plata sobre buenas prácticas y calidad, y me faltan pocas materias para recibirme de licenciado en Producción Apícola. Capacitarse es apasionante: enseñar obliga a aprender de nuevo y crea un ciclo continuo de formación.
—Un mensaje de la comunidad apícola sobre la importancia de las abejas y el trabajo de los apicultores...
—Las abejas son bioindicadores de la salud del planeta: lo que afecta a las abejas muchas veces nos afecta también a nosotros. Muchos apicultores que trabajaron antes de la siembra directa observan hoy los efectos de tecnologías agrícolas modernas; es un reto compatibilizar la apicultura con los esquemas productivos actuales. No me gusta demonizar al productor: éste produce según la demanda del mercado y busca la viabilidad económica de su campo. Creo que el consumidor tiene una gran responsabilidad: elegir alimentos más económicos sin considerar la huella ambiental fomenta sistemas de producción que perjudican al ambiente y a la salud. Si el mercado demandara agroecología, muchos productores estarían dispuestos a adoptarla. Comprar productos con menor huella puede implicar un mayor costo, pero es una inversión en la salud del ecosistema y de futuras generaciones. No esperemos a que desaparezcan las abejas para cambiar: el daño ya está ocurriendo y requiere una respuesta colectiva y anticipada.
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