Don Pedro. Por César G. De Gerónimo
En la sierra don Pedro tenía todo lo que ya hacía tiempo había decidido tener: cobijo para el frío y agua de manantial. El alimento lo proveía la naturaleza y, de vez en cuando, algún cliente le traía extras.
Si por alguna razón había renunciado a todo y vivía aislado en una cueva, era por el genuino escepticismo que había desarrollado al observar el comportamiento de la sociedad en general y de los gobernantes en particular.
Con el tiempo, el retiro había afinado su percepción del mundo y la comprensión de los fenómenos humanos. Por alguna razón, esto se conocía en el pueblo y la cueva de la sierra era casi un consultorio.
La visita no lo había sorprendido: aunque era el político más importante del pueblo en ese momento y los políticos no le inspiraban confianza, en su vida solitaria tenía acceso a las novedades de Roca Dura y conocía medianamente las vicisitudes del hombre: sabía que tarde o temprano lo había de consultar.. Ahora, escuchaba con atención a su visitante, con la mirada fija en el horizonte.
Ahí lo tenía, lloriqueando y maldiciendo su mala suerte. Pedro no lograba establecer si actuaba así por ser naturalmente torpe o demasiado ruin. De cualquier manera, su consulta merecía la misma atención que la de cualquier vecino afligido.
- No sé qué pasó... decía el hombre-. En poco tiempo he pasado de ser El Héroe a ser el último leproso. La gente me saludaba por las calles, me invitaban a las fiestas, me nombraban padrino de bautismo... Mire lo que pasó el otro día: era el cumpleaños de un importante funcionario. Llegué a su casa en la que había mucha gente reunida (se escuchaban risas y conversaciones). Yo estaba contento porque había conseguido por chirolas un cinturón de cuero de jabalí con sus iniciales. Cuando toqué el timbre me atendió él. Rápidamente salió y cerró la puerta. Me dio una serie de explicaciones confusas pero me di cuenta de que mi visita no era bien recibida. ¡Me tuve que volver a casa con un regalo que no me sirve para otro cumpleaños! ¿A usted le parece Don Pedro? ¡Ni siquiera los que están a mi lado y que deberían agradecer su prosperidad económica me apoyan! Hace ya tiempo, durante el desfile por el aniversario, subió al palco la reina y cuando me vio se ubicó del otro lado. ¡Qué vileza! ¡La he visto nacer! ¡Si no fuera por mi influencia esa chica no sería ni barrendera! Hasta el dueño del bar de la estación me esquiva: ayer, sin ir más lejos, me dijo que no tenía agua para preparar café ¡Si usted supiera el precio que le hice por conseguirle la concesión! ¿Y así me lo paga? ¡Ayyyyyy! ¿Qué voy a hacer? ¡¿Qué tengo que hacer?!
A esta altura de la confesión, Don Pedro ya había decidido que era un caso sin retorno. Por eso, utilizó el tono más prudente y manso que pudo:
-Amigo, nunca es bueno desesperar... La oportunidades no nos avisan. Si no tenemos la cabeza fría y el espíritu dispuesto, no las vamos a reconocer, y confundiremos lo posible con lo ficticio. A usted le corresponde analizar la madeja para saber dónde se encuentra el nudo. Debe enfocarse, le repito: no desespere. De todas maneras, a todo el mundo le pasan cosas como esas y de las otras también. Pero nunca está dicha la última palabra. Cuando parece que nos ha llegado el final, cuando creemos que la última puerta se ha cerrado, cuando estamos convencidos de que más bajo no podemos caer, es en ese momento, en ese instante decisivo, sublime, que tenemos que saber que siempre nos espera un mal peor. He hablado... Que tenga una buena vida...
Dicho esto, Don Pedro cerró los ojos. Su consejo había finalizado, al igual que la consulta.
El visitante, que había seguido con profunda expectativa el discurso del viejo, tuvo que contener el llanto de rabia y frustración ante el consejo tan incomprensible como agorero de Don Pedro.
¡¿Para esto me rompí las rodillas subiendo esta sierra de porquería?! ¡Encima le traje las únicas dos botellas de vino que me regalaron para fin de año! ¡Ah, pero este viejo no se las lleva de arriba! ¿Quién dijo que aquí iba a encontrar una solución? ¡Ah! ¡Ya sé! Fue el imbécil de mi hijo... ¡Ya le voy a poner los puntos! Mientras esto pensaba, el visitante le sacaba las botellas a Don Pedro aprovechando que estaba con los ojos cerrados.
Luego se fue totalmente indignado, con una mezcla de amargura y desilusión. Pensaba en su presente y en su futuro y no sabía cuál se presentaba peor. Faltaban unos pocos meses para la prueba de fuego y las probabilidades estaban claramente en contra. Había venido para conseguir alguna luz de esperanza y lo único que había recibido eran palabras oscuras e incoherentes. No desespere... ¡já, qué fácil es decirlo!
Allí quedaba Don Pedro, meditando y satisfecho por el deber cumplido.
De lejos el visitante escuchó, como si fuera una burla:
¡Vuelva pronto!
